La casa está vacía. Puedo percibir los pasos de los pintores que están en el segundo piso, preparando las paredes, sellando las hendiduras y perforaciones donde colgaban los cuadros acumulados durante una vida. El descuido de dos personas, ya en el último trecho de su existencia, ha dejado mucho por hacer.
Estoy en el garaje, rodeado de bártulos olvidados. Metódicamente separo los documentos para botar y aquellos que debo guardar para los sucesores de esta pareja.
Encuentro una foto de mi papá en el matrimonio de uno de sus mejores amigos. Parece tener unos veinticinco años. Está risueño, festejando con un trago en la mano. La coloco en un anaquel abandonado, herrumbroso y enclenque. De una caja desentierro cuentas bancarias, declaraciones de renta de hace más de veinte años y notas en la letra de mi papá, donde apuntaba sus observaciones y puntos para tratar con el abogado, el contador o quien fuera. Con esmero, las rompo en cuatro pedazos y las deposito en un recipiente para triturarlas después.
La pieza está atiborrada de artículos para donar al Ejército de Salvación. Encima de una repisa puedo apreciar un organizador de calzados de mi mamá. Los múltiples pares de zapatos, talla siete y medio, todavía cuelgan de la pared de su vestidor, donde ahora los muchachos raspan el cielo raso para eliminar las manchas de filtración de agua del techo. Uno de los pintores baja y me pregunta qué debemos hacer con la lámpara que ilumina la recámara principal. Tiene más de cuarenta años de uso y ya no está de moda. Decidimos comprar una nueva para complacer al futuro morador de estos espacios; ámbitos solitarios donde deambulaban mis padres en vida. Solo quedan sus enseres, arrinconados, en espera de su próximo paradero.
Hallo lo que parece ser el primer pasaporte de mi papá. Allí, en la página diez, sellado en tinta púrpura, dice: República de Panamá, Ministerio de Relaciones Exteriores, Aeropuerto de Albrook Field. Fecha de llegada: 31 de diciembre de 1945. Hojeo dos páginas más y aparece la visa de Trinidad que solicitó el 31 de agosto de 1946. Desconocía, cuando la sellaron en su pasaporte, que lo esperaban su esposa y su porvenir.
Sigo escarbando en la acumulación de papeles para ver si descubro algo más que pueda mantenerlos vivos en mi memoria, aunque sea solo por un instante efímero. Se escucha el eco de las voces de los pintores en la casa desocupada.
El autor es jubilado y profesor de música.
