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HISTORIA

Una casamata o nido de ametralladoras en cerro Campana

Una casamata o nido de ametralladoras en cerro Campana
Una casamata o nido de ametralladoras en cerro Campana

Cuando en diciembre de 1941 los japoneses atacaron la isla de Pearl Harbor en el estado de Hawái, forzaron la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial (1939 a 1945). Considerando que el Canal de Panamá sería un blanco apetecible para los japoneses, porque su ubicación facilitaba el envío de tropas, naves y pertrechos de guerra desde la costa este de Estados Unidos, donde estaban ubicadas la mayoría de fábricas de equipo bélico, hacia el océano Pacífico en Panamá y desde aquí hacia las zonas de combate en ese teatro de operaciones el Ejército norteamericano tomó medidas para reforzar la defensa del Canal, entre ellas establecer más bases militares en el istmo de Panamá, destacando la base de Río Hato, en la provincia de Coclé, que se convirtió en la mayor base de la fuerza aérea norteamericana en la República de Panamá.

Como parte del proceso para defender al istmo en caso de una invasión japonesa, que desembocaría en el Pacífico panameño y se dirigiría hacia la Zona del Canal, se establecieron medidas de defensa en varios sitios del interior de Panamá, como la construcción de casamatas o nidos de ametralladoras a lo largo de la carretera desde la antigua Zona del Canal de Panamá, fuertemente militarizada en esa época, hasta la base de Río Hato. Ya casi no quedan vestigios ni huellas de estas defensas, tal vez porque con la construcción de la carretera Interamericana pasada la guerra, y la finalización del peligro de la invasión japonesa, fueron destruidas o removidas, pero por la posición estratégica donde están ubicadas, sí nos quedó un par de estas casamatas que durante muchos años han estado visibles, una de ella a simple vista.

Me refiero a dos casamatas instaladas en el cerro Campana, una del lado de la vía hacia el interior y la otra del lado de la vía hacia la capital. Durante muchos años ambos nidos de ametralladoras estuvieron visibles, más el que está del lado hacia Panamá, pero cuando la ampliación de la carretera Interamericana a cuatro carriles de concreto, finalizada a más tardar durante la estación seca de 1999, con un muy pero muy pobre criterio acerca de nuestras curiosidades históricas, removieron el nido de ametralladoras del lado de la carretera hacia el interior, y a pesar de su peso y volumen, lo botaron del lado del carril de enfrente, en sentido de la ciudad, a pocos metros antes de llegar a la muralla, enorme por cierto, que resguarda una vivienda construida en la parte más alta de esa carretera en cerro Campana, pero volteada de modo que no se puede deducir qué fue esa cosa. A pesar del mal trato a esta casamata, está entera, boca abajo, pero entera.

Sin embargo, dejaron la otra casamata sin tocarla, ya que quedó ubicada en terreno privado y probablemente el dueño no quiso equipo pesado entrando en su propiedad, o lo más seguro, que decidió preservar la casamata tal como fue construida y ahí está visible para quien la desee ver.

Cuando uno viene del interior subiendo Campana, se encuentra del lado derecho con una piedra grande pintada de rojo que nos indica que no nos hemos pasado la casamata, así que lo mejor es bajar la velocidad y manejar por el carril derecho para que ningún vehículo nos tape la vista del nido de ametralladoras, que está en una pequeña colina dentro de un potrero de propiedad privada, muy bien cuidada por parte del dueño del potrero y atendida por el ganado que pasta ahí y que se come la hierba como para que no nos tape la vista de la casamata.

Esta tiene una forma cuadrada, de unos tres metros por lado, con un techo grueso y reforzado, una ventana en cada lado, de unos 30 centímetros de alto por el ancho de la plataforma de tiro, desde donde se puede disparar hacia cualquier dirección y una pequeña entrada por donde se accede al área de tiro de la casamata, tal como se puede observar en la imagen adjunta.

Este vestigio de la Segunda Guerra Mundial está perfectamente conservado, gracias a la iniciativa del dueño del potrero, de modo que nos toca hacer lo único que podemos hacer, enseñársela a los hijos y nietos de modo que las futuras generaciones conozcan y no se pierda la memoria de esta curiosidad, recuerdo de otra época.

El autor es ciudadano


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