Antes de que comenzara el Mundial, el balón estaba dividido: unos dijeron que Catar ni catarlo, y otros, más pragmáticos, cínicos o más libres, han dicho que ellos sí van a catar Catar, que una cosa es el deporte y otra los derechos humanos allá tan lejos que ni siquiera lo podemos situar en el mapa.
Para algunos, no ver el Mundial como forma de protesta es una inmensa necedad, “habría que dejar de consumir todo, porque todo es muy injusto”, dicen, porque lo que se pone sobre la mesa mundialista en Catar es tan catable como un filete o ropa producida por manos esclavizadas en cualquiera de los orientes. La cosa, al parecer, tiene que ver con la libertad del “no oprimido” para juzgar si la maldad del otro es o no deleznable desde su parcela.
Asumir una postura crítica siempre requiere respeto. Quien quiera oponerse a este u otro sistema opresor, represor o agresor, adelante, que tome partido, o no (nunca mejor dicho), según su conciencia. A los demás nos toca respetar y después convencer, o no, de que esa posición está, por lo menos, “fuera de juego”. Pedagogía respetuosa, esa es la jugada.
En este balón dividido, el gol por la escuadra lo meterán los moralistas, que creen que el asumir o no cualquier posición merece una condena desde su decálogo en piedra para que nadie se olvide de que son ellos los que
legislan: hay muy pocos porteros que puedan parar ese gol de chilena y con el diez a la espalda.
Contra la conciencia no hay que ir nunca. Si le apetece ver el Mundial, a catar tranquilo, disfrute. Si no quiere Catar, relájese, y sobre todo, no mire por encima de su hombro moralista: argumente, convenza, transforme con razones los argumentos de otros, pero cuidado con las imposturas morales: solo sirven para torcer el criterio de los “buenos” y sumarlos a causas viles que se parecen más a nosotros.
El autor es escritor
