Parece un cuento que hace solo unas décadas las mujeres éramos como esclavas. No teníamos derechos. Se nos prohibía estudiar y trabajar salvo en la economía doméstica y del campo.
Antes… el hombre mandaba. La mujer tenía que obedecer y cumplir con las tareas domésticas o cumplir con las del trabajo según una serie de “leyes” tácitas de infinita crueldad y desigualdad. En todos los países ocurría, tanto en los más desarrollados como en los menos.
Poco a poco fuimos ganando derechos: para estudiar, trabajar, recibir mejores salarios, fuero maternal, para votar, etc... pero qué triste que haya que luchar para ganar un derecho cuando todos deberíamos ser iguales. Pero no ha sido así. La desigualdad existe aún y hay mucho por trabajar, a pesar de los logros alcanzados y nuestro 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
Venimos enterándonos por noticieros y redes sociales sobre una cantidad asombrosa de hombres famosos, artistas, políticos, dirigentes, sacerdotes, maestros, etc., que acosaban o abusaban de mujeres, aprovechándose de varios factores culturales: que no se penalizaba en primer lugar, y además era símbolo de machismo y de poder, dominación sexual incuestionable.
Se nos vinieron abajo muchos ídolos que se proyectaban como seres extraordinarios. En mi caso personal, dos de los artistas que me encantaban por su gran talento se me vinieron abajo, en lo más abajo posible del abajo.
Las mujeres, en el caso de este escrito, callábamos por vergüenza, pues como no se penalizaba, se nos ridiculizaba la denuncia con un ligero comentario-mirada de “se lo merecía”. Ya sea por vestirse así o asa, o por discutir y no obedecer, o el simple hecho de que si se dejaba abusar podría obtener ascenso o reconocimiento por su trabajo.
Y aunque empiezan a llover y llover denuncias en Panamá y el mundo, aunque sea sobre casos de hace muchos años, no basta para parar a los abusadores, violadores y acosadores tanto de mujeres como de hombres, y ni hablar de la bestialidad monstruosa de la pedofilia.
Debemos exigir penas más severas. Debemos educar sobre el tema más a fondo. Nadie debe temer o sentir vergüenza de hablar. A los niños hay que enseñarles a que NADIE los debe tocar, salvo sus padres o cuidadores, y solo para asearlos.
¡Que viva las mujeres que se atreven! Que sirvan de ejemplo a otras y que pongan en el escarnio del mundo a todos los que han creído que el abuso es sinónimo de poder. Tarde o temprano, ¡el que la hace la paga!
La autora es promotora cultural