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Celia Cruz: cuando el exilio no es ausencia, sino representación

Celia Cruz: cuando el exilio no es ausencia, sino representación

Cien años de vida habría cumplido este 21 de octubre de 2025 la reina de la salsa. Y aunque su historia suele contarse entre luces, lentejuelas, la Sonora Matancera, las Estrellas de Fania, filantropía, Grammys, rumba y sabor, hay algo más profundo en su legado que hemos aprendido quienes la hemos escuchado y seguido su trayectoria: una lección de amor en tiempos de confrontación.

No recuerdo a Celia como una activista ni una opositora política en el sentido clásico que ya conocemos. No escribió ofensas, no encabezó campañas ni se subió a una tarima para gritar consignas. Su voz fue la embajadora más fiel que Cuba jamás pudo expulsar, porque el corazón de Celia siempre vivió en su tierra.

Mientras otros artistas han sido más enérgicos en contra del régimen cubano, como Willy Chirino o Gloria Estefan, Celia eligió otro camino: el del arte que cura sin atacar. La única arma que levantó fue su voz, en su idioma natal, tanto en Japón como en África, y en esa voz —aunque muchos no le entendieran— había más libertad que en cualquier discurso político.

Exiliada de su tierra y vetada por el régimen, Celia decidió no responder con odio. Su amor por Cuba fue tan inmenso que sobrevivió a la distancia, al dolor y a la censura. Su verdadera oposición no fue vencer al enemigo, sino no dejar de amar la tierra que la hizo cantar.

Celia Cruz no hablaba de democracia, pero la practicaba. Cada vez que subía al escenario y hacía bailar al público, rompía una frontera. Al bailador, al campanero y al que llevaba su bandera a los conciertos, en medio de un entorno marcado por dictaduras y miedos, ella les ofrecía algo que también es político: la alegría y ese momento de libertad como un derecho humano, recordando que la cultura no pertenece a un gobierno.

“¡Azúcar!”, gritaba, y aquel grito no solo se volvió un sello personal, sino un recordatorio de que nadie puede quitarnos la libertad, ni siquiera quienes controlan la patria. Quizás por eso su voz llegó más lejos que cualquier consigna.

Celia Cruz: cuando el exilio no es ausencia, sino representación
Una escena cotidiana en la población de Perico, a 170 kilómetros al sureste de La Habana (19 de octubre de 2025). EFE/ Ernesto Mastrascusa

Un siglo después de su nacimiento, Celia Cruz sigue enseñándonos que el arte no necesita odio para ser valiente. El arte no solo embellece la vida: la rescata. Allí donde hay un pincel o un tambor, el ocio no encuentra espacio y la violencia pierde audiencia, porque los políticos pueden cambiar gobiernos, pero los artistas transforman almas. Y cuando el alma cambia, todo lo demás empieza a transformarse. ¡Gracias, Celia!

A los miles de venezolanos que hoy viven en el exilio, esta historia también les pertenece. Porque el desarraigo no borra la patria: la transforma. Y porque, como Celia, ustedes siguen cantando desde la distancia con la esperanza de volver. Que su dolor no se convierta en odio, sino en fuerza.

Porque en tiempos de odios heredados y heridas abiertas, amar sigue siendo el acto más revolucionario que existe. ¡Azúcar!

El autor es abogado y analista de temas jurídicos y culturales.


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