Hay algo que todo el que pisa Chiriquí descubre casi de inmediato: aquí la gente no solo vive… aquí la gente defiende su tierra como si cada metro cuadrado tuviera nombre y apellido. Y probablemente lo tenga. Porque, si algo define al chiricano, es ese regionalismo que no pide permiso para manifestarse, ese orgullo que se lleva en la piel y esa resiliencia que se hereda como receta de abuela: sin medidas exactas, pero siempre efectiva.
En Chiriquí, el ritmo es otro: más firme, más seguro, más conectado con la tierra. Y es precisamente esa conexión la que ha convertido a la provincia en el verdadero granero del país. Aquí no hay necesidad de discursos largos para explicar productividad; basta con ver un amanecer en el campo, donde el trabajo empieza antes que el sol y termina cuando ya las estrellas están cansadas de mirar.
Y sí, es cierto: Chiriquí no tiene el Canal, ni puertos gigantescos, ni esas megaempresas que salen en las noticias con cifras que parecen números de lotería. Pero tiene algo que, si se pudiera exportar, haría millonario a cualquiera: gente que no se rinde. Porque, mientras en otros lugares se habla de crisis, aquí se habla de siembra. Mientras algunos esperan inversiones, aquí se invierte sudor.
El chiricano tiene una habilidad especial para convertir cualquier dificultad en anécdota… y luego en motivo de orgullo. “Aquí todo cuesta más, pero también vale más”, dicen, y no es solo una frase bonita: es una forma de ver la vida. La resiliencia no es una opción; es el estilo de vida.
Ahora bien, no podemos ignorar esa pregunta que siempre aparece en tono medio serio, medio jocoso: ¿y si Chiriquí hubiera tenido esas megaestructuras? ¿Y si, además, hubiera decidido independizarse? Bueno… probablemente ya tendría su propia moneda, tres ferias internacionales más grandes que la luna y, con toda seguridad, una discusión eterna sobre cuál distrito sería la “capital verdadera”.
Aquí, el progreso no llega en contenedores; llega en cosechas. No se mide en toneladas de carga, sino en generaciones que han aprendido a levantarse una y otra vez. Y eso crea algo poderoso: una identidad que no se negocia.
El regionalismo chiricano, lejos de ser una barrera, es un motor. Es esa voz interna que dice “podemos solos”, aunque en el fondo sepan que el país entero está conectado. Es orgullo, sí, pero también responsabilidad. Porque quien ama tanto su tierra también siente el deber de hacerla crecer.
Y tal vez ahí está la lección más importante: no se trata de lo que falta, sino de lo que sobra. Y en Chiriquí sobran ganas, sobran manos trabajadoras y, sobre todo, sobra corazón.
Así que, con Canal o sin Canal, con puertos o sin ellos, Chiriquí sigue siendo lo que siempre ha sido: una tierra donde el desarrollo no se improvisa… se cultiva. Y donde el verdadero capital no está bajo la tierra, sino en quienes la trabajan.
¡Meto!
La autora es abogada.

