La falta de representatividad de la que gozan la mayoría de los políticos y, concretamente, los diputados, es exorbitante. Existe una crisis de representación política y no es para menos. Puede ser consecuencia de que el Órgano Legislativo se ha convertido en, prácticamente, un circo y su decadencia, la cual ya arrastra varios años, se ha vuelto aún más incómoda y en camino a lo insostenible. Nuestra democracia indirecta no tiene nada de representativa y esta circunstancia atenta contra el valor intrínseco y sustento del propio sistema democrático.
Los diputados están en sus puestos gracias al pueblo que los elige y les delega el poder, que emana de ellos (el pueblo), para que puedan actuar en su representación; en vista de que es imposible que estemos todos juntos decidiendo cada uno de los aspectos que rigen al país como ocurría en las democracias directas. Por tanto, el motivo de ser, y hasta la legitimidad, de los diputados es la representación de los ciudadanos y de los intereses colectivos. Dicho esto, se deduce que si no nos representan, ni a nosotros ni a los intereses del país, no deberían estar sentados en esas sillas.
Veamos algunos de los sucesos que, en menos de seis meses, han ocurrido con aquellos funcionarios que, en teoría, nos representan:
Iniciamos con el diputado que admitió o, mejor dicho, presumió que recibía dinero del que parece ser el principal socio del gobierno panameño, Odebrecht. Respecto al tema, no ha pasado nada y, seguramente, siga sin pasar.
Continuamos con el diputado que atropelló a una menor de edad, se dio a la fuga y terminó causando su muerte. Hasta la fecha estamos a la espera de que se haga justicia, pero por ahora, como de costumbre, no ha pasado nada.
Cómo olvidarnos de las famosas Toyota Prado que requieren, de forma urgente, los diputados. En vista de que, cualquier otra necesidad que pueda tener el país, como educación, salud, por escasamente mencionar algunas, puede esperar. Es difícil entender para qué necesitan un automóvil, pagado por el Estado, si muchos de ellos ni siquiera van a las sesiones en la Asamblea. Dentro de todo, lo positivo es que, como dijo uno de ellos, piden la Prado de 50 mil dólares que tiene todo el mundo.
El show debe continuar, y vaya que lo ha hecho, lo demostró el proceso de ratificación de las candidatas a magistradas de la Corte Suprema de Justicia. Desde un interrogatorio, que en el fondo o en el aspecto sustantivo debía ser, en cierta medida, positivo; pero que, como vimos, en su aspecto formal fue concebido y basado en la mala fe, la descortesía y la falta de decencia que caracteriza a nuestra Asamblea. Hasta una competencia en el pleno por ver quién gritaba más fuerte, situación que ya es una práctica reiterada. El show cerró con broche de oro gracias a la intervención de un diputado que mencionó que no llegó a su curul de la forma más honesta; y, de nuevo, sigue sin pasar nada.
Los diputados vienen demostrando, cada vez más, el tipo de clase política que son y la falta de representación política que en los mismos impera. En teoría, ellos son la representación de los ciudadanos y de los intereses, no solo de su partido ni su circuito, sino, principalmente, de toda la nación.
La pregunta es: ¿Ellos nos representan?, porque si no lo hacen, ¿por qué están ahí sentados?
El autor es estudiante de derecho