Crecí y viví en Chitré durante gran parte de mi niñez, hasta terminar la secundaria. Nos jactábamos de tener “la mejor agua del mundo”, y para demostrarlo, el tanque de agua que reza “Chitré progresa” era un monumento de orgullo.
Esa misma comunidad, ampliada a las provincias de Herrera y Los Santos, sufre desde hace varios meses la imposibilidad de tener acceso seguro al agua potable. Más de 200,000 habitantes de la península de Azuero han visto comprometido su suministro de agua debido a la contaminación de la red con materia fecal y desechos biológicos, un hecho que no solo es indignante, sino médicamente inaceptable.
Como médico, puedo afirmar que estamos ante un episodio que reúne todos los elementos de una grave crisis sanitaria, producto de fallas de supervisión que jamás debieron ocurrir.
La presencia de materia fecal porcina y otros desechos orgánicos en el agua destinada al consumo humano representa una seria amenaza para la salud de la población. La contaminación con excretas de cerdos, vertederos municipales mal manejados y escorrentías agrícolas puede contener microorganismos como coliformes fecales, nemátodos, Salmonella, Campylobacter, parásitos como Ascaris suum y virus entéricos, así como compuestos químicos derivados de la descomposición orgánica. Todos estos agentes son capaces de provocar cuadros gastrointestinales severos, deshidratación, infecciones sistémicas e incluso complicaciones graves en niños, adultos mayores y personas inmunocomprometidas.
Aunque las autoridades han iniciado procesos de muestreo y cloración, la comunidad insiste —con razón— en que estas medidas son apenas un parche frente a un problema que exige respuestas estructurales. La situación actual refleja un grave fracaso de supervisión ambiental y sanitaria.
La normativa internacional es clara: cualquier sistema de abastecimiento de agua debe contar con barreras de protección, monitoreo continuo y protocolos de alerta temprana. Nada de eso funcionó aquí.
Mientras las familias compran agua embotellada, suspenden actividades cotidianas y viven con la incertidumbre de no saber si lo que sale del grifo es seguro, la comunidad exige lo mínimo: transparencia, responsabilidad y acciones correctivas reales. No discursos. No excusas. Resultados que, hasta el día de hoy, no se han logrado.
Este episodio ha dejado al descubierto una verdad incómoda: cuando se descuida la vigilancia sanitaria, cuando se permite que prácticas agropecuarias inadecuadas se acerquen a las fuentes de agua y cuando se minimizan las advertencias de la comunidad, el costo lo paga la gente. Y lo paga con su salud.
La confianza en el sistema de salud es un pilar fundamental de cualquier sociedad. Una vez dañada, no se recupera con comunicados ni con renuncias. Se recupera con investigación seria, sanciones ejemplares y reformas que garanticen que un desastre como este no vuelva a repetirse.
El autor es médico chitreano.

