Desde hace varios años se ha notado en Panamá una tendencia xenofóbica, atípica de nuestra naturaleza. Esta tendencia nacionalista tiende a culpar a cierto grupo de inmigrantes por nuestras desdichas y problemas, con algunos argumentos sensatos, pero muchos ridículos, como la fábula de “la fuga de capital” en un país que no genera divisas. Tradicionalmente, a Panamá se le conoce como un “crisol de razas”. Una mezcla de diferentes nacionalidades a lo largo de nuestra historia ha marcado nuestra identidad panameña de muchas maneras: desde nuestro lenguaje hasta nuestras comidas típicas.
La realidad es que los panameños nunca hemos tenido una vida fácil. Le he preguntado a mi abuela, quien tiene más de nueve décadas, que si recuerda alguna instancia en la que en Panamá la gente no diga que “la cosa ta mal”. Su respuesta obviamente fue: “No, aquí la cosa está mal desde que nací”. Quizás los panameños estamos fallando al buscar el problema en los recién llegados solo porque son nuevos, y no nos damos cuenta de que hay algo que siempre ha estado mal.
Panamá tiene como precedentes una independencia y una separación. Además, en su corta historia republicana encontramos un período de dictadura, varios golpes de Estado, casos de corrupción irresueltos, descontento hacia la clase política en general. No recuerdo un buen gobierno en lo que va de mi corta vida. Nací en 1990, justo después de la dictadura, y honestamente en mi memoria todos los gobiernos han tenido escandalosos casos de corrupción y muchos políticos involucrados siguen ocupando cargos dentro de partidos e instituciones y teniendo influencia mediática.
Como panameño, me corresponde aceptar que muchos de los problemas que tenemos son desde nuestros cimientos y las actualizaciones a dicha base estructural no han sido las mejores. Nuestra actual Constitución es de 1972, creada en condiciones de dictadura.
Hoy en día contamos con muchísimos más profesionales que en el 72, con más población, un estado de supuesta democracia y un país de garantías y libertades. Me parece que debemos dejar de buscar “chivos expiatorios” y ver en nuestra naturaleza panameña qué es lo que nos falta para ser una gran nación, y corregir los errores del pasado con una constituyente que nos permita a rendirle homenaje a nuestros antepasados que decidieron quedarse a vivir en el puente del mundo. Exijamos nuestro derecho a tener un país de paz en las calles y, sobre todo, de paz mental. ¡Exijamos una asamblea constituyente!
El autor es licenciado en Estudios Ambientales