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Ciencia y educación contra las noticias falsas

El 28 de febrero de 1998, en la prestigiada revista médica The Lancet, se publicaba un artículo que establecía una relación entre vacunas de sarampión, paperas y rubeola y el autismo. Artículo del que años después, en 2010 la revista se habría de retractar, y lo describió como falso ya que la información y evidencias presentadas estaban manipuladas por los autores del artículo.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española (RAE), un bulo es una noticia falsa propalada con algún fin. La relación entre las vacunas y el autismo descrita en The Lancet, es un bulo, es decir, una noticia falsa o falseada que circula predominantemente en redes sociales y medios de comunicación. Estas afirmaciones carecen de sustento y su objetivo es distorsionar la información e inducir una percepción errónea de la realidad en quienes las escuchan, generalmente con fines de manipulación.

Hoy en día, los bulos se propagan a gran velocidad debido a que Internet y las redes sociales permiten que la comunicación fluya con mucha más rapidez que en el pasado. Sin embargo, el problema no radica en las redes, los medios ni en Internet en sí, sino en las fuentes que generan la noticia o la información. Aunque en el pasado la mayoría de las noticias falsas solían provenir de fuentes no oficiales, en la actualidad es cada vez más común escuchar a personas famosas, líderes empresariales, políticos e incluso fuentes oficiales, divulgar información sin respaldo en la evidencia.

Por su parte, según el diccionario de la RAE, la ciencia es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados, a partir de los cuales se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables. La palabra clave en esta definición es comprobables.

En épocas recientes, es cada vez más común escuchar argumentos en contra de las vacunas, personas que ponen en duda la circunferencia de nuestro planeta, así como políticos o famosos que hacen afirmaciones sobre hechos que afectan o benefician su imagen sin contar con el debido sustento. En este contexto, cada uno de nosotros, como ciudadanos, debe entender el papel y las funciones de los medios de comunicación en la sociedad, evaluar críticamente los contenidos y la información que los políticos, las personas famosas y las instituciones proveen, cotejar datos a partir de fuentes diversas y hacer análisis conscientes de las diferencias que pueden existir entre lo que se expresa y la realidad.

Para combatir los bulos y las noticias falsas, no hay mejor herramienta que la ciencia y la educación basada en conocimientos científicos. Es fundamental enseñar a niños y jóvenes a potenciar su pensamiento crítico y hacer un uso adecuado de los medios y las nuevas tecnologías para evaluar con criterio los contenidos a los que están expuestos.

El problema no son las redes sociales, los medios o Internet, el problema está en que los ciudadanos no hemos desarrollado una capacidad crítica suficiente de análisis de la información que recibimos y en muchas ocasiones nos creemos todo lo que vemos, leemos o escuchamos solo porque lo dice alguien famoso en un TikTok, un político en una entrevista o porque lo leemos en una revista.

Una mentira repetida mil veces en las redes sociales no se convierte en verdad solo porque muchos la creen. Las mentiras siguen siendo mentiras. Las vacunas continúan salvando vidas, aunque sean atacadas y la Tierra no es plana solo porque cientos de personas lo afirmen.

Las palabras deben ser siempre respaldadas con hechos comprobables y verificables. Como ciudadanos, debemos ser críticos con la información que se nos brinda, venga de donde venga. Por ello, es fundamental impulsar la inversión en ciencia y educación, pues solo así los países contarán con ciudadanos más críticos y mejor informados, lo que contribuirá a reducir la brecha social y fortalecer la democracia.

De hecho, espero que el lector de este texto cuestione lo que escribo y busque más información verificable acerca del papel que la ciencia y la educación pueden desempeñar en la reducción de las brechas sociales y el daño que causa a nuestra sociedad creer todo lo que vemos, oímos y leemos sin verificarlo.

El autor es asesor en políticas de innovación de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt).


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