El lunes a las 4:00 a.m. no es una hora… es una prueba de carácter.
A esa hora ni los gallos están convencidos de cantar, pero la alarma sí. Suena con una seguridad que uno quisiera tener en la vida. Trin trin trin, como diciendo: “Levántate, campeón… que las cuentas no se pagan solas”.
Uno abre un ojo, revisa la oscuridad absoluta y piensa algo que millones de personas piensan al mismo tiempo:—¿Quién inventó trabajar tan temprano?
Y ahí empieza la negociación universal:—Cinco minuticos más…
La frase más peligrosa desde la creación del botón “posponer”. Porque esos cinco minutos duran exactamente hasta que uno despierta sobresaltado media hora después, con el alma fuera del cuerpo y el cerebro arrancando en modo emergencia.
Uno se levanta como zombi premium. No camina: tambalea. El baño parece quedar a tres kilómetros y el espejo devuelve una imagen que ni el reconocimiento facial del celular acepta.
La ducha es básicamente un intento de resucitación. El agua fría termina de confirmar que sí, que el fin de semana murió oficialmente.
El desayuno del lunes no se come, se improvisa. Un café apurado que uno toma como medicina amarga mientras busca una media perdida que decidió independizarse justo ese día.
Pero el verdadero nivel experto comienza cuando uno no tiene carro.
Ahí la madrugada se convierte en un reality show.
Salir a la calle oscura, con sueño y esperanza mínima, esperando transporte, es un acto de fe. Uno mira la esquina como quien espera un milagro financiero.
El bus pasa lleno.El siguiente también.
Y entonces aparece la salvación nacional: el carro pirata. Nuestros héroes sin capa, sin los cuales no llegaríamos a tiempo al trabajo.
Ese vehículo misterioso que frena lentamente y donde uno nunca sabe si va rumbo al trabajo o a una nueva aventura espiritual. Uno se monta haciendo cálculos mentales: “Bueno… llego o llego”.
Adentro siempre hay personajes: el que va dormido cabeceando peligrosamente, la señora que ya está completamente despierta desde las 3:00 a.m. y el conductor que maneja con una confianza digna de piloto de Fórmula 1, con adrenalina gratis, esquivando huecos, con cambios de carril que desafían las leyes de la física y decisiones cuestionables. Pero uno acepta todo eso porque, milagrosamente, llega a tiempo.
Y llegar a tiempo, señores, es la verdadera estabilidad emocional del trabajador.
Mientras el bus oficial avanza como novela larga de domingo, el pirata se mueve con la urgencia de quien también llega tarde a algo. Porque él entiende la misión: llegar antes que el jefe.
Y claro… el tranque.
Porque Panamá tiene un talento especial: no importa si sales temprano, el tranque ya estaba ahí esperándote desde antes que nacieras. Una fila interminable de carros llenos de gente con la misma cara de lunes existencial.
Ahí uno desayuna estrés, almuerza paciencia y merienda resignación.
El sueño pega duro. Tan duro que uno empieza a imaginar cosas: renunciar, mudarse al campo, criar gallinas, abrir un negocio de raspao… cualquier cosa que no implique levantarse a las 4:00 a.m.
Pero igual uno llega.
Con sueño, despeinado, sobreviviendo a punta de café y dignidad prestada.
Porque el trabajador madrugador tiene superpoderes invisibles: funciona sin dormir, sonríe sin ganas y responde “todo bien” aunque su alma siga acostada en la cama.
Y mientras el sol apenas sale, uno entiende la gran verdad del lunes:
No somos personas… somos proyectos de ser humano hasta después del segundo café.
Pero mañana volverá a sonar la alarma.
Y uno, fiel a la tradición nacional, abrirá un ojo, suspirará profundo y dirá la mentira más repetida de la historia laboral:
—Ya voy… solo cinco minuticos más.
El autor es ingeniero retirado.


