Cuando me puse un estetoscopio en los oídos, por primera vez, sentí temor de no poder seguir luciendo mi ropa blanca. No escuchaba absolutamente nada y no estaba en la clase de anatomía con cadáveres. “Para oír los ruidos cardíacos, hay que saber qué se va a escuchar”, nos había dicho el profesor de medicina. Una sentencia contundente.
“Para dar medicamentos, hay que saber qué se quiere tratar”, y “para solicitar laboratorios, hay que saber qué es lo que se quiere confirmar”, son mis frases que repito a los médicos en entrenamiento.
No se tiene que tratar toda queja, aunque hayamos jurado aliviar el dolor. Aliviar el dolor es acompañar, es estar, es educar al paciente o a sus padres, en el caso del ejercicio que yo practico. Aliviar el dolor es no juzgar, es escuchar. Es acumular data de hallazgos que mejoren las posibilidades de alcanzar el diagnóstico correcto. Un diagnóstico incorrecto es como una zancadilla para el tratamiento. El riesgo de no hacer un diagnóstico presuntivo correcto y oportuno, lo puede multiplicar una decisión complaciente, por ejemplo. Es preferible esperar, observar y estar cerca del paciente, antes de prescribir con escopeta.
Actualmente, circulan en el ambiente varios organismos virales y alguno bacteriano, que producen síntomas y signos respiratorios similares, que en los niños son la principal causa de un uso incorrecto, innecesario e ineficaz de antibióticos. Los antibióticos no curan enfermedades virales, aunque alivien la ansiedad de los padres y la cobardía del médico, o aumenten, como eco repetido, la receta entre otros padres. Su uso inoportuno resulta oneroso a la salud individual y colectiva, y hace proliferar diagnósticos espurios.
Los niños son más vulnerables a sufrir infecciones, no porque no tengan “defensas”, sino porque se exponen con mayor frecuencia a otros niños o adultos infectados, porque sus prácticas higiénicas personales son nulas, a no ser que haya personas mayores a su cuidado, y porque gozan de un grado superlativo de “socialización” en ciertos estratos sociales o de la ausencia de condiciones “barrera” contra infecciones, por ejemplo, espacios amplios sin hacinamiento, acceso a agua potable, disposición de aguas servidas y aseo de los espacios comunes de la ciudad, como aceras y patios, que incluye la recolección puntual y diaria de basura.
Por “socialización” señalo algunas actividades que permiten la licencia literaria que me abrogo: la ida a cumpleaños 4-6 días a la semana; el interés temprano de los padres a compartir juegos para divertirse y luego para la educación pre-escolar, que se inicia en parvularios densos de niños enfermos en estas épocas; la visita obligada a los complejos de tiendas para acompañar a las madres con necesidades o antojos; las 3 o 4 actividades artísticas o gimnásticas y deportivas para completar el ciclo de horas fuera de casa, después de la salida de clases, incluso antes de estar en los primeros grados de la escuela primaria; las prematuras y frecuentes clases de natación con varios propósitos; las salidas matutinas y vespertinas “al parque” o a las áreas comunes de sus viviendas, etc.
Sin entrar a señalar los beneficios de todas estas actividades en el calendario de los niños, es decir, en su desarrollo social y físico, que creo son mayores o menores, según la edad a la cual se los expone a los niños, es necesario que convengamos en algo: son la fuente común de adquisición de enfermedades infecciosas, respiratorias y gastrointestinales, generalmente virales.
Cuando a la madre le preocupa de forma vehemente “las defensas bajas” de sus hijos, hay que recordar aquellas actividades como vehículo predecible y seguro para adquirir infecciones. No son las defensas bajas. No necesitan “subir las defensas”, quizá bajar las escaleras. No hay nada que suba las defensas en niños bien nutridos. Es mentira que estos niños necesitan vitaminas, hierro o productos en los alimentos con altos contenidos de proteínas, o hierbas aromáticas y otras inorgánicas cosechadas y conservadas en medios impolutos y mágicos. Es mentira que compuestos tradicionales que se aconsejan rápidamente (me abstengo de dar los nombres, pero son tan populares como los resfriados) sirvan. Lo que no entiendo es por qué los pediatras los recomendamos. Quizá porque tenemos la misma información y fe que tienen los padres o quizá para quitarnos de encima la insistente y frecuente solicitud de la familia. Pero al hacerlo, le hacemos daño a la ciencia y a la docencia, y eventualmente a la salud del niño y de los padres, como a la confianza.
Le decía hace poco a la mamá de un paciente que no se sintiera mal por llevar a su último niño –ella tiene 4 hijos- al parvulario, el cumpleaños, el parque y el mall, y me interrumpió para decirme que su niño no sale de la casa y “vive enfermo”. Le contesté entre broma y en serio: “él no sale, pero le entran a su cuarto todos sus hermanitos escolares y muy sociables también, o la familia que tiene predilección por visitar a los más pequeños. Cuando los virus circulan, significa que están merodeando a sus huéspedes. Afortunadamente, no es frecuente que dejen secuelas o daños, aunque sí preocupaciones tanto a padres como a médicos.
El paciente, con su madre o padre, recurre al médico para que se le cure la enfermedad. El médico debe, primero, descubrir si se trata precisamente de una enfermedad seria que requiere una intervención agresiva y pronta y para ello recoge información sobre síntomas y signos, esto último con el examen físico. Pero recordemos, no solo las medicinas curan una enfermedad, como hay muchas enfermedades que sí se alivian y curan con fármacos. No descuidemos que la confianza del paciente hacia su médico también cura. Y con esto, no dejo el tratamiento a la conversación, pero la conversación es el vehículo para instruir al paciente y lograr salud. Y, no pocas veces evitar caer enfermo por la circulación incontrolable de virus y recetas.
El autor es neonatólogo y pediatra.
