La historia de Colombia ha sido de contradicciones, politiquería y violencia. Guerras entre grupos aborígenes, contra los españoles y guerras fratricidas. La de los Mil Días es quizás la más vergonzosa y demencial entre liberales y conservadores contra el gobierno nacionalista de liberales y conservadores. En los finales de ese genocidio, 1899-1902, el país arruinado y arrasado engendró las condiciones para que Panamá -en Bogotá ni siquiera sabían dónde quedaba- abandonada y despreciada por la clase política corrupta colombiana, tuviera que romper sus vínculos fraternales.
Con el tiempo, fueron surgiendo organizaciones en lucha contra el ejército; guerrilleros, bandas criminales, paramilitares, narcotraficantes. El M19, se creó por un grupo de jóvenes intelectuales idealistas, hasta con sacerdotes y profesores practicantes de la teología de la liberación, que creyeron poder modificar el rumbo de la historia. Soñaron una Colombia justa y digna que valorara su gente, su extraordinaria riqueza natural y étnica que la caracteriza como uno de los países más biodiversos, musicales, alegres, creativos y exuberantes del planeta.
Colombia posee más de 30 millones de hectáreas con potencial agrícola, de las cuales 25 son latifundios dedicados a la ganadería extensiva. La frontera agrícola está allí, no en los bosques prístinos. Vive una crisis alimentaria sin precedentes, importando papas, maíz, tomates, cacao y alimentos propios que deberían producir doce millones de campesinos abandonados; sin tierra, sin crédito, sin escuelas, sin servicios, sin carreteras, sin asistencia técnica. Nunca se hizo reforma agraria, ni siquiera el catastro de sus tierras; al contrario, se robaron hasta los baldíos del Estado. El salario mínimo es mínimo, la inflación alta, el desempleo vergonzante; la gente buena, alegre, trabajadora, con hambre y empobrecida. El 45% o más. Las bases de la economía son extractivas, obsoletas, cavernarias en minas de carbón, petróleo y más del 60% del oro extraído es de origen ilegal. La coca es otro cuento. La “democracia” que promulgan los politiqueros es un ardid discursivo imposible de sustentar ante la realidad nacional. Al revés, es la antítesis de sus ideales y postulados, por ser una forma de gobierno ejercido por el pueblo mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones políticas.
El país nunca tuvo un presidente progresista nacido del pueblo; todos los que aspiraron fueron asesinados, empezando por Gaitán. Esperemos que con el cambio ineluctable que se avecina, empiece a forjarse una sociedad sin más asesinatos de líderes sociales, ambientales, sin falsos positivos, sin corrupción, sin la devastación de la Amazonia, sin la invasión de los parques nacionales con cultivos de coca. Sin desgobiernos de títeres mediocres que hacen alarde de sus injusticias como si fueran virtudes. Que la búsqueda de la Paz sea el eje central de las reivindicaciones históricas que los colombianos merecen. Que la política sea la ciencia de las ciencias donde converjan todos los saberes y desaparezca la politiquería corrupta. El robustecimiento de La institucionalidad, las estrategias sectoriales, su financiamiento y la voluntad política son base esencial del desarrollo sostenible.
El autor es ecólogo y escritor

