Colón: la voluntad que falta

Defender e identificarme con mi provincia natal, ¡Colón!, nunca ha sido óbice para reconocer que a pesar de lo que muchos esperan y consideran, lejos estamos los colonenses de la perfección. Esa cuasi perfección a la que hago referencia es el resultado de un comportamiento social que se identifica en la rebeldía que contraría a quienes te avasallan, pero que disfrutan y sacan provecho de lo que Dios, el trabajo, la historia y natura nos entregó. Es más, la expresión pareciera ser un absurdo incoherente; pero no lo es; al contrario, conlleva toda una sarcástica intención, que se demuestra en una actitud desafiante.

Lasallista, guardiaveguista y abelista, soy parte de un pueblo que incluye abogados que alcanzaron la Corte Suprema de Justicia, científicos que están en la Ciudad del Saber; ingenieros que laboran en el Canal de Panamá, enfermeras, educadores, doctores, empresarios, banqueros, administradores, contadores y un vasto etcétera de profesionales y obreros que se desempeñan en el ámbito nacional e internacional. Somos gente digna; no somos mejor que nadie, pero nadie mejor que nosotros.

Ante los hechos acaecidos y que continúan en mi provincia, permítanme decirles que generalizar es un error de la mente con el ánimo de simplificar lo que le es complejo, para así poder manejarlo. Cuando decimos “la mujer es así” o “el hombre es así”, nos equivocamos, porque cada mujer y cada hombre, son universos diferentes. Cuando de un hecho aislado saco una conclusión general, también yerro. Afirma Alejandro Jodorowsky que las palabras “nadie”, “esos”, “nunca”, “siempre”, “todos”, “nada”, etc., llevan a juicios equivocados sobre la realidad, pues más que ajustarse a ella, confirman esquemas de pensamiento rígidos y distorsionados típico de ignorantes. Lamentablemente la ignorancia se expande como una epidemia entre quienes acostumbran «generalizar», pues suponen que los pocos conocimientos que poseen son todos los conocimientos que pueden alcanzar y que el mundo alrededor de ellos debe girar.

Debo sin embargo reconocer que estamos ante una tormenta perfecta en donde por acción y omisión convergen autoridades, personas, situaciones e intereses totalmente disímiles que dificultan un resultado eficaz. Los problemas del país, y menos de los de Colón, no se resolverán con saludos afectuosos de puño (en vez del tradicional apretón de manos, en desuso por la pandemia). La única manera de salir de esta catástrofe es creando condiciones de paz y orden. Con esto resuelto, el sector privado, a todo nivel, en conjunto con el Estado, podrá empedrar el camino hacia la prosperidad. Pero para eso, es menester que el gobierno empiece por darle a Colón una “justa oportunidad”, en donde únicamente se requiere de voluntad.

Voluntad para: “Equiparar la Zona Libre de Colón con Panamá Pacífico”. “Voluntad para activar el Aeropuerto de Colón y concesionarlo por completo para así competir sanamente con Tocumen S.A.”. “Voluntad para integrar por completo la Avenida Randolph al recinto aduanal de la Zona Libre de Colón, uniendo France Field, Coco Solo, puertos y ferrocarril en lo que se denominaría el verdadero Hub Logístico del Atlántico”. “Voluntad para liberalizar y eliminar la burocracia aduanal y restricciones del Correo Nacional para así incentivar desde Zona Libre las ventas online”. Por último necesitamos voluntad de ley y orden. La excusa de que las pandillas no se pueden controlar es absolutamente inaceptable. Sin paz, ley y orden no podremos construir un futuro próspero para nuestra provincia y por ende para beneficio del país. Al mantener el caos, los que nos adversan, piensan que sacan ventaja, pero lo cierto es que con su actitud están destruyendo lo poco de república que aún queda.

Al elegir una historia de vida para contar vivencias, mis sentimientos me llevaron a evocar la vida de mis abuelos, mis padres, amigos y conocidos; y junto a ellos, mi querido Colón, su historia y sus vidas, porque todo pueblo trae en su trayectoria, entrelazada, la vida de sus pobladores, de todos aquellos que se sintieron cobijados y protegidos; que lucharon por el progreso de su familia y apostaron a su país, sabiendo que en él hallarían paz y trabajo, o que aún en la distancia la llevan muy dentro de sí. Soy colonense, no delincuente.

El autor es amigo de la Fundación Libertad


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