Antes de empezar le hago una solicitud, por favor, active el lóbulo frontal de su cerebro, ese que está a cargo del pensamiento abstracto; lo pido porque las criptomonedas son eso, abstractas e intangibles. Y bien, con esta solicitud, empecemos.
En octubre de 2008 alguien bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto publicó un ensayo titulado Bitcóin: un sistema persona a persona de dinero electrónico. En él introdujo al mundo dos novedades: el blockchain, tecnología sobre la cual opera el bitcóin y la propia moneda en sí.
Primero explicaré el blockchain. Blockchain no es más que un registro público en línea o diario contable en línea de transacciones; en otras palabras, cada vez que alguien hace una transferencia de dinero, queda registrada de forma permanente en el blockchain. Ahora, cada vez que se efectúa un registro o transacción se genera una función hash que sirve como un código único de identificación de dicho registro; esta función hash es completamente irreplicable, ya que es un código aleatorio con un rango de posibilidades de 2^256. Replicar un código de esa magnitud se considera prácticamente imposible, o como diría Christian Catalini, experto en blockchain y criptología informática en MIT, “le tomaría más de 300 años a la computadora más poderosa que existe hoy poder replicarlo”. El hash es la garantía de seguridad de este registro público, ya que evita falsificaciones.
Le doy un ejemplo: digamos que voy a usar el blockchain para transferirle $5 a mi esposa. Al hacer la transferencia ingreso el monto de $5 y se genera el hash; mi esposa luego me dice que era un error y me devuelve los $5; esta transacción genera otro hash aparte. De esta forma estas dos transacciones independientes quedan registradas de forma permanente en el blockchain con un hash. Es entonces sobre esta tecnología que corre el bitcóin y otras criptomonedas como litecoin. Las demás criptomonedas —como ripple y ethereum— corren sobre tecnologías similares al blockchain. La magia del blockchain, sin embargo, es que el modelo de uso puede hacerse extensivo a todo tipo de transacción que necesite un registro, no solo está limitado a las finanzas. Hoy lo vemos aplicado a manejo y control de inventario, a operaciones y a agricultura avanzada, entre otros.
Habiendo explicado el blockchain, entrémosle al bitcóin. El bitcóin es como cualquier otra moneda fiat de curso popular, piense en el dólar o el yuan chino, la diferencia es que el bitcóin al correr sobre el blockchain no necesita el respaldo de un Gobierno ni la interferencia de una institución financiera. Otra novedad del bitcóin es su política monetaria. El bitcóin está limitado a solo 21 millones de criptomonedas, muy diferente a las monedas fiat, en las que un banco central tiene la potestad de imprimir papel moneda de manera ilimitada.
Esta limitada oferta de bitcoines ha hecho que al incrementar su demanda su valor haya aumentado exponencialmente, por ejemplo, el 16 de enero de 2017 se podía adquirir un bitcóin con $805, mientras que a la fecha de escribir este artículo (8 de enero) un bitcóin vale $16 mil 886, ¡una apreciación mayor a 20x!
Apreciaciones similares han sucedido con el resto de las criptomonedas; la limitación, sin embargo, es su utilidad. Usted puede ir hoy mismo a coinbase.com, el sitio más popular para compra y venta de criptomonedas y adquirir bitcoines. El problema sería, ¿dónde los usaría? ¿Cuándo fue la última vez que le preguntaron ¿va a pagar en dólares o en bitcoines? Su poca aceptación en el comercio diario limita su utilidad. Es por esto que también el valor del bitcóin es altamente volátil. El 12 de diciembre un bitcóin valía $19 mil 194 y de pronto su valor cayó a $12 mil 600. Una moneda tan volátil no puede ser un medio confiable de intercambio, al menos no por ahora. Monedas como el ripple están tratando de generar un modelo distinto que controle esta volatilidad y otros problemas del bitcóin, como la velocidad de cada transacción, pero aún falta tela que cortar.
Lo que es innegable con el blockchain y las criptomonedas es que estamos nuevamente como estuvimos en los 90 con la internet. La pregunta es, ¿cómo lo aprovechamos? Esa es justamente la pregunta que mañana trataré de responder en la tercera entrega.
El autor es financista y cursa una maestría en el MIT en Boston