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Como no me afecta a mí…

En las últimas semanas he tenido la oportunidad de participar de algunas actividades que me han dado una voz de aliento con respecto al rumbo en que nos debemos alinear, para que este país recupere esa ruta que en su momento emprendimos.

La Fundación Espacio Cívico organizó un simposio/conversatorio, donde el tema central fue el “financiamiento de la democracia”. Como era de esperarse, buena parte de las presentaciones, conversaciones y preguntas se centraron en el financiamiento de las elecciones, sin darnos cuenta de que el abuso del erario prácticamente inicia el día después de la toma de posesión de quienes resultaron electos para liderar el “cambio”, que al final pareciera ser un “quítate tú pa’ poneme yo”.

Una significativa cantidad de países del continente americano está en un período de renovación de sus autoridades, lo cual sucede cada cuatro o cinco años y del cual nuestro Panamá no se excluye. En ese orden de ideas, se pudo escuchar experiencias de nuestros hermanos de Argentina y de Colombia, cuya realidad al presente es aún un poco diferente al criollo, pero que, aunque todavía no se vea, coincide en muchas cosas con lo que atravesamos aquí.

Y es que lastimosamente pareciera que a los países de la región nos están llevando a pensar que solo existe el blanco o el negro, la izquierda o la derecha, y se ha perdido la perspectiva del gris o del centro. Y es aquí donde se da la oportunidad de nacer a los “seudo líderes” populistas y que por regla general y muy sospechosamente, varios formaron parte del “sistema”.

Estos dirigentes populistas explotan el nacionalismo, critican el globalismo, atacan las migraciones (aunque lo más probable son productos de ellas), tienen la solución para todos los males, promueven el cambio de la Constitución para que la misma cubra la reelección sin controles, promueven que desaparezca el balance entre poderes, básico elemento en la democracia, y terminan convirtiéndose en figuras autoritarias, sin el menor reparo por los derechos de los ciudadanos.

No voy a mencionar ningún nombre, pero son varios los que pudieran si enumeráramos a los que se conocen en países como México, Nicaragua, Cuba, Estados Unidos, Colombia, El Salvador, Venezuela, Brasil, Argentina y sí, también en este querido pedacito de tierra que llamamos Panamá y por el cual tenemos tantos años luchando.

De las cosas más peligrosas que sufren algunas de estas “democracias” es la relación de sus dirigentes con el crimen organizado. No somos ajenos a los sufrimientos de algunos de nuestros vecinos que se han visto afectados por lo que eventualmente se denomina”narco Estado”, que paralelamente termina convirtiéndose en “cleptocracia” o sea, el gobierno de quienes nos roban para seguir mal gobernando.

De igual manera, muchos países que ya han pasado por ahí coinciden que, sin un Órgano Judicial independiente, bien financiado y donde sus jueces y magistrados se sientan protegidos y seguros, es muy difícil lograr recuperar al Estado.

Si en los países no se recuperan los órganos de control se hace aún mas complicado el luchar contra estos criminales, que se han infiltrado en los negocios lícitos gracias a “socios” que se prestan para lavarles la cara (y otras cosas) a cambio de un buen negocio. Por eso la importancia que se juzguen y condenen de manera ejemplar a aquellos que promovieron que se le perdiera la credibilidad en la política y en sus socios de conveniencia.

La segunda de las reuniones que tuve esta semana es de un grupo que promueve un programa de “liderazgo infantil” en varias escuelas y colegios del país. Esa bocanada de esperanza que percibí no solo movió “el líder en mí” sino que me hizo pensar que todo no está perdido y que si nos centramos en la educación de los niños y jóvenes, mientras de manera simultánea luchamos contra la corrupción, la falta de transparencia y ese sentimiento que riñe contra los valores cívicos, éticos y morales, hay esperanza de un nuevo país donde podamos volver a abrazarnos como los hermanos que somos.

Si seguimos pensando que es un problema ajeno a nuestros hogares, a nuestras empresas y a nuestros colegios y que “como no me afecta a mí directamente no me incumbe, prefiero no meterme”, cada día se cerrará mas el cerco y para cuando nos empiece a afectar, podría ser muy tarde.

Nosotros somos los que hemos permitido que nuestra sociedad piense que lo malo se considere bueno y que quienes promovemos las cosas buenas, somos aburridos. Es el momento de cambiar de actitud, pues los malos se levantan todos los días para ver cómo siguen sacando provecho de nuestra inacción. Levantemos la voz, tomemos acción y dejemos de descalificar a quienes hacen las cosas de una manera diferente a la nuestra y a quienes buscan promover un mejor país para todos, incluyendo nuestros hijos y nietos.

El autor es analista político y dirigente cívico


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