El pasado 22 de febrero, se publicó el 6to informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, que en su diagnóstico de la realidad climática planetaria, establece la relación estrecha entre ecosistemas, biodiversidad y comunidades humanas, no solo en su vulnerabilidad, sino en su potencial de mitigación de los efectos, si esta relación se trabaja multidisciplinariamente. Habla de la urgencia de las soluciones de adaptación multisectorial y sobre todo de mantener el incremento global de temperatura, por debajo de 1.5º, porque de excederse representaría “inevitable aumento en los desafíos climáticos y múltiples riesgos a ecosistemas y a seres humanos”.
Mientras tanto en Panamá, aún se celebraba la exitosa participación del país en la pasada Cumbre Climática en Glasgow donde el gran logro presentado al mundo fue nuestra condición de Carbono Negativo, que –sin dejar de generar suspicacias tanto a expertos como a pocos entendidos en la materia- continúa siendo argumento de promoción internacional. Otro logro, la declaratoria del Gran Corredor Marino del Pacífico Tropical Oriental, convirtiéndose en una de las áreas protegidas marinas más grandes del continente, donde Panamá juega un papel clave en su conectividad. Definitivamente avances impensados hace 20 años, cuando hablar de ampliar zonas de conservación para los grandes promotores del desarrollo del siglo XX, era equivalente a promover la iluminación con “guarichas”.
Ahora bien, ¿cuál es la realidad del día a día? Lo cierto es que la Política panameña-conjunto de herramientas e instrumentos para implementar planes y proyectos- dista mucho de ser coherente en el hacia dónde vamos, cómo lo hacemos y a través de qué acciones. Enviamos mensajes contradictorios constantemente, local e internacionalmente. ¿Cómo se articulan los esfuerzos del país en construir una visión sostenible y resiliente que adecúe nuestro modelo de crecimiento, económico, agropecuario, logístico hacia esa adaptación climática tan necesaria?
Repasemos qué tenemos: Una minería metálica a cielo abierto que ante la indiferencia atónita de la autoridad ambiental y la promoción a ultranza de la autoridad comercial, avanza ganando terreno, justo donde esa biodiversidad y ecosistemas, están haciendo la batalla climática por nosotros. Un modelo urbanístico que sigue consumiendo suelo (muchos boscosos y de manglares) que además del impacto a la biodiversidad y ecosistemas, encarece los servicios públicos porque cada vez lleva más lejos del centro urbano a los habitantes, ofreciéndole un espejismo de confort que en muchas ocasiones carece de sistema sanitario, incluso de agua. La producción de alimentos, un rubro clave para garantizar seguridad y más aún soberanía alimentaria, todavía sigue amarrado a viejas prácticas de consumo extensivo de suelo para monocultivo, siembras fuera de temporada y forzadas para garantizar exportaciones; peor aún como recientemente revelaron varias fuentes informativas, generando productos que empiezan a ser rechazados en otros mercados, por contener acumulación excesiva de químicos resultado del uso excesivo de fertilizantes y pesticidas industriales, muchos de ellos prohibidos a nivel internacional.
Debemos reconocer que el impulso que le ha dado el metro de Panamá a la movilidad colectiva, contribuye a la reducción de emisiones de uno de los generadores más importantes, la flota vehicular. Así también el empuje que se le da a través de la Secretaría de Energía a la transformación de la matriz energética, pequeño pero significativo. Sin embargo, estos dos últimos aciertos no garantizan que Panamá, pueda mantener una condición Carbono Negativo, que se ha construido sobre indicadores y escenarios de un momento, que con el avance de las prácticas arriba descritas, le restan al crédito natural que el país ofrece.
Ausencia de la política turística basada en una oferta robusta de la naturaleza panameña como “La Oferta” por excelencia, y no solo en lugares recónditos del interior del país, sino en la misma urbe; siendo Panamá una de las pocas ciudades del mundo atravesada por un bosque tropical húmedo de gran valor. Tal vez hay que promoverla como “La selva que puedes visitar a 7 minutos del mall”; sin embargo, no tenemos ni aceras para caminar al Parque Metropolitano en medio de la ciudad. Una desconexión entre lo que se produce y lo que se incentiva en la dieta panameña, promoviendo el estrés de la tierra y el agua, además de gran cantidad de productos que se pierden porque no se logra una cadena de distribución eficaz. La educación se imparte en salones cerrados, muchos con francos problemas de ventilación natural, cuando los espacios abiertos y naturales les son casi vedados a los estudiantes porque se han transformados en patios hostiles de concreto caliente y reflectivo, eliminando árboles de los entornos porque “causan problemas”
Poseemos poco más de 2 mil km de costas, pero por un lado permanece la insistencia de carreteras costaneras que amenazan con destruir los ecosistemas costeros que nos protegen para transformarlas en corredores para llegar más rápido a las urbanizaciones playeras, y por el otro, el daño ocasionado con la extracción de arena excesiva, ha transformado las playas del pacífico en costas hostiles con las permanentes alertas amarillas y rojas, como parte de la normalidad. Y todavía hay quien se atreve a proponer su propia playa artificial en Amador en un relleno de 50 hectáreas, a costa de seguirle sangrando arena a Chame y no solo, también al archipiélago de Las Perlas y a la bahía de Parita.
Entender la riqueza natural de Panamá por un lado como un bien infinito –que no es- y por otro como recurso para el desarrollo de los negocios de algunos, es no haber entendido el escenario natural como un espacio de oportunidades para reducir efectos climáticos y mitigar consecuencias de este cambio. Pero no se pueden seguir firmando acuerdos y convenios por un lado y por el otro, no consolidar acciones que cambien la forma de hacer lo que venimos haciendo, en esto entramos todos, sector público y privado. Pero la falta de liderazgo es evidente.
La autora es arquitecta y ambientalista
