El accidente que tuvo lugar en Gualaca en febrero es un sobrio recordatorio del drama humano que viven los cientos de miles de hombres, mujeres y niños que realizan su trayecto hacia el norte a través de nuestro Istmo. Y, aunque esta tragedia, no es la que acostumbramos a registrar en los pantanos de la tenebrosa selva darienita, no deja de simbolizar la difícil travesía de los migrantes que simplemente buscan una vida mejor.
La crisis ha batido récords y superado todas nuestras capacidades. Como vicecanciller de la República, fui parte de la respuesta institucional a esta crisis humanitaria sin precedentes. En 2021, cruzaron por el Darién más de 130 mil personas. Ese número ascendió a casi 250 mil en 2022. Es decir que, en un periodo de dos años, una masa de personas seis veces más grande que la población entera de la provincia de Darién, ingresó a través de la frontera colombiana. Para dar aún más relieve a estas cifras, antes de la pandemia, por Darién solo cruzaban 10 mil migrantes al año.
Es alentador que la actual administración del Palacio Bolívar continúe articulando esfuerzos nacionales e internacionales por solventar esta crisis. Sin embargo, la gravedad de la situación merece no meramente un seguimiento, sino un replanteamiento estratégico. Hasta ahora no parece haber indicios de que se esté dando este cambio. En lo que va de 2023, ya se registran más de 75 mil ingresos. Hay que realizar los ajustes de gestión correspondientes.
Y sí, tiene que ser el Ministerio de Relaciones Exteriores el que oriente estos esfuerzos desde la diplomacia. Es indispensable que prevalezca la perspectiva con rostro humano que, por decisión, el Estado ha impreso a la gestión de esta crisis que, bajo cualquier estándar, y reconociendo que es imperfecta, ha sido responsable y humanitaria.
Las causas de la migración que nos atañe—la proveniente de América del Sur—son varias y ya han sido estudiadas por organismos internacionales. En todo movimiento migratorio hay lo que se conoce como push y pull factors (factores de empuje y factores de atracción, en español). En resumidas cuentas, los push factors, como indica el nombre, son los elementos estructurales y coyunturales que obligan a una persona a ejercer su derecho humano de libertad de movimiento, más allá de las fronteras de su país de nacionalidad. La pobreza, la persecución política, la falta de oportunidades (y próximamente los cambios ecológicos y climáticos que supondrá el calentamiento global) caben dentro de esta categoría.
Por otro lado, los pull factors, son señales fuera del país de origen del migrante que, como un imán, motivan (“halan”) a la persona a realizar la odisea. Discursos en el norte que prometen oportunidades a los migrantes para articular bases políticas y la desinformación de coyotes que prometen un paso expedido por la jungla del Chocó son algunos ejemplos, ambos irresponsables.
Las consecuencias para los migrantes son obvias. Ya lo relató la excanciller Erika
Mouynes en la Asamblea General de la OEA en Lima hace unos meses. Mujeres con infantes a cuestas a través de ciénagas macondianas, golpes de calor, víboras, abusos, vejaciones, fiebres, desapariciones…muertes. Y, para los países de tránsito—como Panamá—supone un costo económico y social de dimensiones colosales. Esta crisis ha implicado inversiones o (sacrificios) en nuestros presupuestos de seguridad y de bienestar social. Olas como esta tienen el potencial de desestabilizar una provincia tan apartada como Darién y, sinceramente, al país entero. Es un verdadero milagro que este no haya sido el caso.
No por esto digo que nuestro país debe rehuir de esta responsabilidad. Al contrario, debemos continuar ejerciéndola, pero todo en su justa medida con respecto al resto de países en la ruta. Esto a nivel regional, pero a nivel doméstico también debemos plantearnos nuevos modelos de gestión, dada la altísima demanda de trabajo que tiene el Servicio Nacional de Migración (SNM) y el Servicio Nacional de Fronteras.
Por ello propongo un robustecimiento institucional del SNM que implique un mayor nivel de responsabilidad y rango a los agentes de la organización, así como un presupuesto que permita asegurar el mantenimiento de una perspectiva humanitaria frente a esta crisis. La dotación de estas responsabilidades debe hacerse con carácter de urgencia.
Por otra parte, partiendo de las capacidades desarrolladas en estos últimos dos años, el Ministerio de Relaciones Exteriores debe crear, también con prontitud, un comité ad-hoc dentro de su Dirección de Política Exterior enfocado plenamente en el análisis y seguimiento de los flujos migratorios, que identifique a tiempo completo acceso nuevos fondos y programas de cooperación internacional disponibles para lidiar con esta situación de manera responsable.
Claramente, necesitamos nuevos modelos y nuevas soluciones. De lo contrario, el fenómeno solo se agravará. Ahora que empieza la temporada electoral, la atención a los migrantes y a la crisis regional debe ser una prioridad fundamental en los planteamientos de política exterior de los candidatos a la Asamblea y la Presidencia.
La autora fue vicecanciller de Panamá
