La promesa suena lógica: más internet debería producir un voto “más informado”. Pero cuando crucé resultados electorales publicados como datos abiertos en Panamá con indicadores sociodemográficos y socioeconómicos del INEC —incluyendo el porcentaje de hogares sin acceso a internet fijo o móvil— lo que aparece es un fenómeno distinto: la conectividad tiende a volver la competencia más pareja y el voto menos cautivo, pero también puede intensificar la polarización, sin que eso garantice un mayor conocimiento real.
En zonas con mayor acceso a internet, la política se vuelve un mercado más disputado. No porque el ciudadano se transforme de golpe en tecnócrata, sino porque cambian los costos: es más fácil comparar propuestas, fiscalizar, enterarse de escándalos y coordinar apoyo o rechazo. Eso debilita intermediarios tradicionales y abre espacio a campañas más baratas y más rápidas. El efecto visible es una contienda menos “cómoda”: el voto se reparte más o, al menos, se vuelve menos predecible, con márgenes más ajustados en ciertos niveles.
Ahora bien, que el voto se vuelva más competitivo no significa que se vuelva más racional. De hecho, la evidencia internacional sugiere que la conectividad puede empujar el sistema en otra dirección: más intensidad emocional y más tribalismo. Un estudio influyente sobre el acceso a banda ancha encuentra que este puede aumentar la hostilidad partidista (polarización afectiva): no solo desacuerdo, sino rechazo al “otro bando”.
Aquí está el matiz clave: internet no solo amplía información; amplía volumen, velocidad y segmentación. La política se vuelve más susceptible a cámaras de eco, a mensajes diseñados para nichos y a contenidos que viajan por indignación. La conectividad puede empujar a que el electorado se alinee alrededor de pocos polos con más intensidad, o que se fragmente en múltiples opciones competitivas; en ambos casos, el combustible suele ser emocional antes que deliberativo.
Y por eso la frase “internet = voto más informado” es, como mínimo, incompleta. El mejor resumen estadístico que he visto sobre el tema viene de un metaanálisis prerregistrado (76 estudios, más de 442 mil personas): en estudios observacionales no aparece evidencia de aprendizaje político en redes sociales y, en experimentos, los aumentos de conocimiento existen, pero son pequeños en términos prácticos. En paralelo, un análisis de Pew Research Center muestra que quienes dependen principalmente de redes sociales para noticias políticas tienden a ser menos conocedores y más propensos a oír afirmaciones no verificadas.
La síntesis no es “internet daña la democracia” ni “internet la salva”. Una revisión sistemática amplia sobre medios digitales y democracia encuentra resultados mixtos: puede aumentar la participación y el consumo de información, pero también se asocia con polarización, desinformación y deterioro de la confianza, según el contexto. Es decir: la conectividad puede concientizar —poner a la gente a hablar, exigir y vigilar— sin elevar proporcionalmente el conocimiento factual promedio.
En Panamá, esto importa porque corremos el riesgo de celebrar el síntoma equivocado. Que la elección se ponga más pareja en zonas conectadas puede ser una buena noticia: más competencia obliga a mejorar. Pero si esa competencia se alimenta más de identidades, rumores y microcampañas que de información verificable, entonces lo que ganamos en competitividad lo podemos perder en cohesión y confianza.
La conclusión es incómoda, pero útil: más conexión no nos vuelve automáticamente más sabios; nos vuelve más disputados —y, a veces, más tribales—. Por eso, expandir el acceso es necesario, pero no alcanza. Si queremos un voto realmente más informado, lo decisivo no es solo la tecnología: es el criterio. Alfabetización mediática, datos públicos fáciles de revisar y una cultura de verificación que compita —en velocidad y claridad— con el audio viral.
El autor es analista de datos.


