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Conectados y solos

El pensamiento crítico requiere tiempo sin interrupciones, espacio mental para hilar ideas complejas, cuestionar supuestos... Cuando nuestra cognición salta entre notificaciones, ‘feeds’ y mensajes, operamos en modo reactivo.

Conectados y solos
Foto ilustrativa sobre cómo la conexión humana está siendo interrumpida por la adicción a la tecnología: nos juntamos pero no conectamos. iStock

Recuerdo los primeros meses de confinamiento en 2020. Como tantos, pensé que la tecnología era nuestro salvavidas: videollamadas para mantener reuniones, WhatsApp para coordinar proyectos, Teams para continuar formando agentes de cambio. Y funcionó, hasta cierto punto. Pero algo extraño comenzó a suceder: mientras acumulaba horas frente a la pantalla—a veces ocho reuniones virtuales en un día—me sentía más aislada. Cuando pudimos reencontrarnos en persona, lo entendí: habíamos erosionado nuestra capacidad de leer el lenguaje silencioso de los cuerpos compartiendo espacio. Lo más perturbador fue descubrir que este aislamiento no había comenzado con la pandemia. El distanciamiento social forzado magnificó un distanciamiento personal que ya practicábamos por elección. La diferencia es que durante la cuarentena lo lamentábamos, rebelándonos ante un aislamiento forzoso. Antes, lo habíamos normalizado. ¿Cuántas veces, antes del virus, había estado presente mientras mi mente saltaba entre correos electrónicos en el celular, ese “parking” virtual donde enfocamos nuestra atención para disociarnos del momento presente?

En una era dominada por pantallas y notificaciones constantes, emerge una necesidad urgente: recuperar espacios analógicos donde el pensamiento crítico pueda florecer y la confianza social reconstruirse. El distanciamiento social pandémico fue temporal y necesario. Mantenernos a dos metros de distancia salvó vidas, pero también expuso cuán frágiles se habían vuelto nuestros vínculos presenciales. Cuando pudimos reencontrarnos, muchos descubrimos que el músculo de la conexión humana se había atrofiado—no solo por los meses de aislamiento, sino por años de práctica de distanciamiento autoelegido. Este segundo distanciamiento es más insidioso porque lo normalizamos.

Observemos cualquier sala de espera, transporte público o reunión familiar: personas presentes pero ausentes, con la mirada fija en dispositivos que prometen conexión mientras entregan aislamiento. Esta fragmentación constante de la atención tiene consecuencias profundas.

El pensamiento crítico requiere tiempo sin interrupciones, espacio mental para hilar ideas complejas, cuestionar supuestos y examinar argumentos desde múltiples ángulos. Cuando nuestra cognición salta entre notificaciones, feeds y mensajes, operamos en modo reactivo: consumimos información fragmentada, formamos opiniones rápidas basadas en titulares y perdemos la capacidad de sostener razonamientos prolongados.

Igual de crítica es la erosión de la confianza social. La confianza se construye en encuentros cara a cara, en conversaciones que fluyen sin cronómetro, en silencios compartidos que no necesitan llenarse. Cuando nuestras interacciones son a través de pantallas, perdemos las señales no verbales que nos permiten leer intenciones, calibrar honestidad y desarrollar empatía. La paradoja es cruel: mientras acumulamos “conexiones” digitales, nos volvemos más solitarios y desconfiados.

Ante esta realidad, los retiros analógicos emergen como actos de resistencia y de valoración de la esencia humana gregaria. No se trata de romanticizar el pasado o rechazar la tecnología, sino de crear espacios deliberados en los que las reglas del mundo digital no aplican. Un retiro analógico puede ser tan simple como una cena familiar donde los celulares permanecen en otra habitación, o tan elaborado como un fin de semana en un lugar sin conectividad. Lo esencial es el compromiso compartido de estar presentes. En estos espacios, podremos redescubrir capacidades dormidas: mantener conversaciones de dos horas sin interrupciones, leer un libro completo sin revisar notificaciones, caminar sin documentar cada momento para redes sociales.

Estos retiros también son laboratorios para reconstruir confianza. Cuando nos comprometemos a desconectarnos, creamos vulnerabilidad compartida. Todos enfrentamos la incomodidad del aburrimiento, todos resistimos el impulso de revisar el teléfono. Esta experiencia común genera lazos más auténticos que mil interacciones virtuales. La revolución analógica no propone abandonar lo digital, sino cultivar una ecología atencional equilibrada. Así como necesitamos tanto actividad física como descanso, requerimos tanto conexión digital como presencia analógica. El desafío es que nuestros cerebros, acostumbrados al bombardeo de dopamina digital, se rebelan ante el ritmo más lento de la vida sin pantallas. Es en esa incomodidad donde reside el valor. El pensamiento crítico florece en la lentitud; la confianza se teje en la continuidad de la presencia. Recuperar nuestra soberanía analógica no es nostalgia, es supervivencia—de nuestra capacidad de pensar con profundidad, de conectar con autenticidad, de ser humanos en una era que cada vez más nos invita a serlo menos.

La autora es presidenta de FUDESPA y mentora de Jóvenes Unidos por la Educación.


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