La escogencia de los nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia fue el mejor escenario que eligió un diputado de la República para realizar una confesión que además de maquiavélica resulta inoportuna e inmoral, frente a los hechos y casos de corrupción que en pleno siglo XXI vive la sociedad panameña.
Señalan los filósofos, que si la política se fundamentara solamente en la lucha por lograr y mantener el poder, la ética no tendría nada que ver con ella, simplemente se convertiría en fórmula de cómo alcanzar el poder, técnica muy bien presentada por Maquiavelo en su obra El Príncipe.
A un año de las elecciones resulta evidente que no es el sistema tal como manifiesta erróneamente el diputado, son las personas que carecen de valores las que divulgan ese tipo de comportamiento diferente de hacer política. En un Estado democrático los políticos se deben distinguir cuando “se es gobierno, y cuando se es oposición”, porque muchas veces pasan esa línea muy delgada de ser los políticos íntegros, pulcros y correctos a la política malévola por el miedo de perder el poder.
Con el advenimiento de los constantes y oportunos pronunciamientos de la sociedad civil y las voces de participación ciudadana contrarios a cualquier intento de reelección, hacen sentir en esta etapa de su mandato a los diputados el peso de gobernar desde una perspectiva diferente, que entrelazados con pensamientos maquiavélicos pueden perder la perspectiva democrática y hacerlos sentir en momentos de crisis, la angustia de perder el poder y progresivamente convertirse en una obsesión peligrosa de ejercer su autoridad a toda costa y el recelo de no perder el tiempo que les queda.
Los diputados deben entender que se deben al pueblo y que la población los llevó a esa curul para que usen el mandato, con la convicción de que aquel que los representa tiene muy claros los principios éticos y valores que deben ser reglas esenciales de comportamiento dentro de la sociedad.
El desliz político, al que le llamo confesión, más que demostrar que es un “sistema”, deja en evidencia que vivimos en una sociedad, que según lo expresado por el diputado, te obliga a mentir para captar la atención de tus electores con medidas populistas, que al final se traducen en un oportunismo marcado hacia un provecho personal que aun disfrazado queda en evidencia por la conciencia.
Así mismo, la conciencia, ese juez interior que tenemos todos los seres humanos, que juzga internamente a cada individuo, pero que nos hace distinguir claramente entre lo bueno y lo malo, esencialmente los valores.
No obstante es digna de reconocer la valentía del político que públicamente expresa sus errores, ante la risa tímida y atrevida de sus colegas, que demuestran un comportamiento reprochable además de escabroso e inmoral que le resta altura al cargo que ostentan.
Frente a las fallas de nuestra clase política debemos trabajar todos juntos por formar una nueva generación de jóvenes políticos convencidos de su responsabilidad y su deber moral frente a la sociedad y no poner en juego la democracia, cumpliendo cada ciudadano su rol y reivindicar lo que algunos llaman el “sistema”, procurando ser cada día mejores ciudadanos, con una visión diferente que transforme a nuestras presentes y futuras generaciones.
El autor es abogado y decano de la Facultad de Derecho de la UIP
