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¿Confía en lo que venden por internet?

¿Confía en lo que venden por internet?
Las aplicaciones de comercio electrónico Temu (izq.) y Shein se muestran en un teléfono inteligente. EFE/EPA/HANNIBAL HANSCHKE

Hoy las personas tienen la opción de vender, sin límite alguno, diversos productos a través de un teléfono y/o computador. Hablemos de los productos médicos que se mercadean a través de la red virtual. Es inevitable alarmarse por la rapidez con la que somos engañados vía web. Confiar a ciegas en lo publicitado ya no es solo un asunto generacional. Así, con tan solo deslizar el dedo, nos topamos con 15 segundos de “fulanito de tal” (seguido por 2 millones de personas en su red social), argumentando que no fue hasta probar una pastillita mágica que su peso disminuyó de forma instantánea.

Es nuestra realidad. La nueva era obliga al usuario a desear un falso “sentido de pertenencia”, medido en likes y compartidos. Lejos de sentenciar, estos medios han potenciado nuevas habilidades de comercialización rápida y eficiente. Sin embargo, la confianza antes depositada en estos comerciales se ha visto cada vez más vulnerada por la falta de credibilidad en estos productos. Y, reconociendo esto como un problema prioritario del siglo XXI, ¿por qué seguimos cayendo en la trampa?

La Organización Mundial de la Salud y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos de América son dos de los entes encargados de filtrar, mediante procesos rigurosos de evaluación científica, aquellos fármacos y artículos listos para salir al mercado. Instagram, Facebook, TikTok y YouTube, por su parte, son tan solo facilitadores. Sin embargo, el ser humano se niega a reconocerlo, porque identificar una acción propia como superflua sería, a su vez, aceptar que todos, en algún punto, hemos carecido de algo primordial: pensamiento crítico.

Ni todo lo viral es confiable ni todo lo desconocido lo es. Cuando utilizamos nuestras manos en compañía de nuestra agudeza mental para algo más positivo que deslizar contenido, activamos la perspicacia. De pronto, notamos que esa crema anticelulítica no había atravesado por pruebas clínicas sólidas, estudios verificables y/o supervisión profesional; su único aliado real era el marketing digital.

Si la falta de conocimiento persiste y el poco interés por encontrarlo también, nos veremos ante la penosa situación de ser uno más del montón. Sentirnos atraídos hacia necesidades generadas, con base en palabras cuasi poéticas de ese influencer pagado que promete “resultados 100% garantizados”, mientras la ciencia apenas explica probabilidades.

No adquirimos medicamentos por sí solos; estamos comprando historias a mitad de precio, lo cual puede resultar atractivo para alguien de carne y hueso. Nos gustan las rebajas, a veces somos empáticos, tenemos urgencias por atender y el sistema de salud colapsa con frecuencia. Pese a ello, la falta de regulación existente solo será mitigada por la capacidad de cuestionar que desarrollemos.

Está bien, todo lo hemos hecho mal. ¿Cómo lo corregimos? Combatamos al algoritmo como consumidores conscientes: ver, informarnos, verificar, reflexionar y después comprar. En ese orden. Recuerde: la salud es como un mal ex; no porque promete cuidarte en un mensaje significa que lo hará en la vida real.

La autora es estudiante de Periodismo de la Universidad de Panamá.


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