Confianza es el valor, la virtud, la condición que hace posible que una sociedad pueda progresar. Sin confianza no hay tranquilidad, se vive un clima de amenazas y zozobra; donde hay confianza , es posible la felicidad.
La confianza se instala en las sociedades donde no hay mentiras, su mayor enemigo, donde la justicia, su mejor amiga, impera; donde no se teme que se sepa la verdad, porque la verdad no daña, sino que libera y consuela.
La confianza inspira sinceridad, inspira piedad, colaboración, ayuda; permite dormir con las puertas abiertas, sin armas, sin temor a los abusos, con voluntad de enseñar y compartir. Nos hace proponer iniciativas colectivas útiles, ceder el paso, resolver problemas con la participación de muchos.
La confianza en Panamá es quimera, ilusión, aspiración de quienes, miembros de esta sociedad enferma, vemos con desilusión que la hay más y hay más justicia, mucho más, en las decisiones de una competición deportiva, donde las palabras de los árbitros son más respetables, definitivas y certeras, que las vertidas en los formales actos de funcionarios con ínfulas de prohombres vestidos de presidentes y vices, ministros, alcaldes, ediles, magistrados, jueces, contralores y diputados.
Superar esta situación es entenderse y aliarse para reintroducir valores sólidos en esta sociedad envenenada, donde las cualidades tengan el brillo que hoy tienen los billetes y monedas y sea el talento el coloso que empuje y hale la carreta. Es cambiar la liturgia de la forma por el fondo, es volver a la patria de los sueños en que haya esperanzas para todos y justicia, educación, salud, trabajo, libertad, respeto, techo, autoestima, futuro y amplitud de espacio y miras, sin ninguna de las cuales puede haber bienestar ni felicidad. Hay que trabajar por todo esto.
El autor es abogado y exmagistrado del Tribunal Electoral
