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Conflicto en Irán: la normalización de lo anormal

A una semana del inicio del conflicto en Irán, el balance de la guerra muestra una rápida escalada regional con ataques masivos, represalias iraníes y repercusiones globales, con consecuencias nefastas para la humanidad.

El escritor Eduardo Galeano mencionaba que las guerras dicen ocurrir por nobles razones: la seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios. Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”.

Antes de comentar la realidad después de siete días de enfrentamientos en Irán, conviene recordar un episodio nefasto de guerra ocurrido en 2002, cuando tres millones de civiles murieron en el Congo. Murieron por el coltán, aunque muchos ni siquiera lo sabían. Poco o nada valía este mineral hasta que se descubrió que era imprescindible para la fabricación de teléfonos celulares, naves espaciales, computadoras y misiles. Entonces pasó a ser más caro que el oro.

El Congo, país con escasos recursos económicos, es riquísimo en minerales, y ese regalo de la naturaleza se ha convertido en una maldición histórica. Algo similar evocan algunos africanos cuando llaman al petróleo “excremento del diablo”, por el tipo de conflictos que genera.

Retomando el balance del conflicto actual, observamos cómo se han normalizado los miles de muertos y heridos de la guerra. En algunos casos se les denomina simplemente como el costo de la conflagración o como “daños colaterales”, presentando apenas condolencias y lamentos, sin comprender el dolor familiar ni el impacto emocional profundo que pueden dejar las pérdidas humanas.

Se nos pide entender que el enorme costo económico de la guerra —miles de millones de dólares— tiene como finalidad la liberación o la pacificación. Sin embargo, en ese proceso el orden y el derecho quedan fracturados o subordinados a la ley del más fuerte, a pesar de que la historia demuestra que las guerras traen consigo dolor y devastación.

Los gastos militares directos incluyen operaciones, logística, movilización de tropas y despliegue de armamento. A una semana de escalada, el conflicto suma más de diez mil millones de dólares entre los involucrados, con proyecciones que podrían alcanzar los cien mil millones si la confrontación se prolonga, según estimaciones de expertos.

A ello se suman los costos económicos regionales y globales. Por ejemplo, el precio del petróleo superó los noventa dólares por barril y aumentó cerca de 25% en una semana. También se registran caídas en bolsas internacionales, aumentos en el precio del gas y del transporte marítimo, así como presiones inflacionarias que terminan reflejándose en mayores precios para los consumidores.

Esta situación anormal —en la que los presupuestos se orientan hacia operaciones militares que producen muertes y pérdida de poder adquisitivo— se encuentra en abierta contradicción con lo que debería ser normal para la humanidad: la paz y el bienestar.

Esos recursos podrían destinarse a erradicar el hambre y la pobreza extrema. Según Naciones Unidas, acabar con el hambre mundial requeriría alrededor de cincuenta mil millones de dólares anuales, mientras que el Banco Mundial estima que la erradicación de la pobreza extrema necesitaría cerca de cien mil millones de dólares al año.

Aunque estos objetivos no representen beneficios para corporaciones armamentistas ni para estrategias de control de recursos estratégicos, sí representarían un paso hacia una verdadera humanización de la humanidad y hacia el bienestar colectivo.

Al final, el verdadero desafío no es determinar quién gana en un conflicto bélico. El desafío es que gane la humanidad. Se trata de respeto, tolerancia y convivencia entre individuos. Se trata de fortalecer instituciones legítimas y normas que permitan resolver conflictos sin recurrir a la violencia.

Solo así será posible enfrentar los grandes problemas socioeconómicos, de seguridad global y de gobernanza mundial que hoy afectan al planeta.

El autor es profesor de la Universidad de Panamá y exdiputado del Parlacen.


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