Por siglos pensamos que la falta de información era una de las causas de nuestra estupidez. Estábamos equivocados. Desafortunadamente para el Homo sapiens panamensis, la estupidez forma parte de nuestro ADN. No hablo del significado de la estupidez clínica del Dr. Carlo Cipolla (Las leyes fundamentales de la estupidez humana), sino de la del congo panameño. Específicamente, de la mía. Pensar no es para cualquiera; y aunque puedas pensar, igual solo puedes cambiarte a ti mismo. Muy difícil cambiar a nadie.
Las leyes per se, muchas veces están diseñadas a la medida de los maleantes que las hicieron. ¿La justicia? Una entelequia. En Panamá casi todo es injusto, y todo tiene leyes que se cumplen siempre para carnavales. Los prostíbulos son legales, pero la educación sexual no lo es. La discriminación es ilegal, pero vivimos en esta. Se prohíbe robar, pero el Estado roba en exceso de impuestos cerca de $1,000 millones anuales. Y luego la ley lo protege con leyes fabricadas por “honorables” diputados y sus colegas de la Corte Suprema de injusticia.
Leí las propuestas de nuestros candidatos a presidente de la República en Martes Financiero. Una lista de ideas que ya he escuchado a candidatos anteriores. Mi ego y mi intelecto ya fueron afectados hasta la médula, por haber sido burlado antes por otros burladores profesionales. En mi mente no era posible que me haya equivocado siempre. Pero la verdad es que he sido enamorado de las luces y sandeces de las falsas promesas que hicieron, primero, Martinelli y, luego, Varela. Creí en estos bellacos. Si tienes hambre, entiendo que te vendas. Comprendo que si eres maleante te atraiga un símil. Pero nunca podré perdonarme haber creído en sus propuestas; pensé que yo no era un congo, y menos un maleante; me considero un ser pensante.
Creí que sabía pensar; grave error. No confío más en mí, pero tampoco en ningún candidato que prometa aquello que queremos escuchar. El canto de las sirenas es real, pero solo cuando estás amarrado a un mástil, como Ulises, puedes sobrevivir. Si no estás muerto, te seducen. Aferrarse a hechos; no quiero palabritas de estos nuevos aspirantes a un sistema engrasado de corrupción por décadas. Lo que quiero es justicia. Lo demás viene por añadidura, dijo el profeta; ¡y fue crucificado!
Lo que quiero escuchar es cómo cambiaremos nuestra justicia, para que funcione. Las leyes existen, pero la justicia brilla por su ausencia. Estamos gobernados por un sistema donde la maldad florece, y el guerrero que se atreve a combatirla es aplastado inmediatamente con una sola mirada de la medusa judicial. Robos deportivos, robos de comida a niños, en la diplomacia; robos en planillas, en Aduanas, a tus cuotas en el Seguro Social. Robos de tierra por doquier, sustentada en una maleantería que viene, no de abajo, sino de arriba.
Ninguno de los genios entrevistados habló a fondo de la justicia y los cambios radicales que hay que hacerle a los sistemas judicial y legislativo para que puedan funcionar. Panamá tiene exceso de peces, oro y ladrones. Pero estamos jodidos si seguimos creciendo con más concreto, más asesores y más injusticia. Desafortunadamente, debido a que solo tenemos tiempo de mirar las pintas del domingo, no podemos entender que estamos a punto de perder nuestra democracia, y esta vez -- créanme -- habrá sangre.
Los maleantes se están reagrupando; se reúnen, se organizan, crean asociaciones, sacan banderas, y gritan a Odín y Jhave por su pueblo. ¡Mentira! Todo es un plan para conquistar el poder y luego mantenernos en el hades, sin el fuego de Prometeo. ¡Justicia! Solo eso quiero escuchar del futuro presidente de Panamá. No al estilo de Varela o Martinelli. Sueño con una justicia verdadera que no se pueda comprar, alquilar ni vender. Basta ya de la perversa corrupción que nos destruye, al punto de convertirnos en una subespecie de estúpidos, congos y mendigos de un sistema que dejó de funcionar hace ya, muchos, muchísimos inviernos.
El autor es práctico del Canal de Panamá