El pasado martes 9 de junio regresaba a casa y, al observar el atardecer en dirección oeste, me sorprendí al contemplar en el firmamento un par de objetos luminosos inusuales. No acerté a definir qué eran exactamente, pues tenían luz fija y estaban inmóviles. Recurrí entonces al calendario astronómico y despejé la duda: eran los planetas Júpiter y Venus, que en esa fecha aparecían cercanos en el cielo —y que en ciertas ocasiones efectúan una conjunción planetaria—. El evento estelar acaeció casualmente en una fecha especial que invita a pensar en un paralelismo significativo para Panamá; a continuación, una analogía planetaria para describirlo.
Inicio con Júpiter, planeta que, al ser el más grande del sistema solar, tiene el nombre del rey de los dioses del Olimpo, lo que recuerda la herencia cultural griega. Su grandeza física puede compararse con la grandeza moral de un ser humano que en el año 1966 llegó a Panamá, trabajó con ahínco por mejorar las condiciones de vida y devolver dignidad al trabajo honrado del campesinado en la zona de Veraguas. Su nombre era Jesús Héctor Gallego, colombiano y sacerdote católico desaparecido en la fecha mencionada, hace 55 años. Gracias a su entrega auténtica en favor de una noble causa, se le recuerda con aprecio e inspira las luchas por la justicia social en el país.
La otra grandeza celeste es Venus, que, con el nombre de la diosa del amor, para nosotros es el astro más brillante en el cielo nocturno después de la Luna, y se le considera un “planeta hermano” de la Tierra por lo similar de su tamaño, masa y composición rocosa. Las ideas de amor y hermandad son sugerentes de otro evento especial ocurrido en Panamá, en las décadas de 1960 y 1970, que fue la “misión de Chicago”, que, animada inicialmente por tres sacerdotes de Estados Unidos, permitió organizar y desarrollar la experiencia pastoral de San Miguelito. La intención original fue promover un tipo nuevo de evangelización, donde el liderazgo principal lo tuviese el laico, y no el sacerdote, como de costumbre. Entre aciertos y errores, la propuesta prosperó y fue visitada por pastoralistas y teólogos de América Latina y del resto del mundo para aprender sobre su modelo de Comunidades Eclesiales de Base y ensayarlo en otras latitudes; la iniciativa concluyó en 1979.
¿Por qué la conjunción de ambas grandezas, la de Gallego y la de la misión pastoral descrita, no logró asentarse plenamente en Panamá y tener continuidad desde su originalidad y valores? ¿Qué elementos de tradición cultural y de manejo del poder pesan en el ámbito local para ahogar estas iniciativas? ¿Admitiría hoy la atmósfera panameña emprendimientos semejantes o los haría desaparecer como en el pasado próximo?
El autor es docente universitario.

