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Conocer una cuenca es conocer su territorio

Conocer una cuenca es conocer su territorio
La cuenca del Canal provee un 95% del agua potable para los habitantes de las ciudades de Colón, Panamá, San Miguelito, STRI

Se conoce caminándola, río arriba y río abajo, en verano y en plena lluvia, midiendo caudales, observando el bosque, tocando puertas y preguntando. Las decisiones ambientales más importantes de un proyecto no se toman cuando llegan las máquinas a construir: se toman antes, en ese trabajo de campo que casi nadie ve, cuando la ciencia, la ingeniería y el conocimiento de quienes viven en el territorio se juntan para entender cómo funciona una cuenca, prever los impactos y diseñar medidas para que sea un proyecto socialmente responsable, ambientalmente sostenible y técnicamente viable.

Ese es precisamente el trabajo que el Canal de Panamá desarrolla actualmente en la cuenca de río Indio: un levantamiento socioambiental robusto, que es un insumo técnico para el Estudio de Impacto Ambiental (EsIA) de categoría III.

Esta es la categoría más rigurosa contemplada en la legislación ambiental panameña y somete un proyecto al mayor nivel de evaluación técnica y participación ciudadana. No se trata de un simple requisito administrativo.

Es justo el diagnóstico que permitirá conocer, con evidencia, las condiciones actuales del territorio antes de cualquier intervención.

Este punto de partida es fundamental. Solo si se conoce cómo está hoy la cuenca, será posible identificar los posibles cambios que podría generar el proyecto, establecer medidas para prevenir, mitigar y compensar sus impactos, así como dar seguimiento a su cumplimiento durante las distintas etapas.

Primero, las familias: el censo y un marco de compensación conversado

El proceso arrancó por donde tenía que arrancar: por las personas. La primera etapa consistió en el levantamiento detallado de la línea base social en la huella del proyecto, un ejercicio que en campo se conoce como censo.

Ese trabajo se realizó casa por casa y finca por finca, para documentar quiénes viven o tienen activos en el área, cómo están conformados los hogares, cuáles son sus actividades productivas, qué bienes y mejoras tiene cada familia y qué relación mantienen con la tierra y con el río.

También permitió documentar qué cultivan, cómo generan sus ingresos, dónde estudian los niños y jóvenes, a qué distancia se encuentran los centros de salud y cuáles son los servicios, espacios comunitarios y actividades que forman parte de su vida cotidiana. Esa información no puede obtenerse únicamente desde un escritorio ni a partir de fotografías aéreas. Requiere entrar en el territorio, conversar con las familias y comprender la manera en que cada una organiza su vida.

El censo no es un fin en sí mismo. Es la base sobre la cual se ha trabajado, de la mano de las familias residentes, en la definición de las medidas de compensación frente a los impactos identificados. La lógica es clara: para cada impacto concreto debe existir una respuesta o medida concreta.

Este proceso permitió construir un Marco de Compensación, en el que las medidas fueron explicadas, conversadas y formalizadas como compromisos del Canal de Panamá. No puede existir una compensación adecuada si se diseña sin conocer la realidad de las personas que serán impactadas.

Al mismo tiempo, se estudia el territorio

Mientras avanza el componente social, los equipos técnicos actualizan la línea base ambiental desde 2025. El objetivo es conocer los componentes físicos, biológicos y socioculturales que determinan las condiciones actuales de la cuenca y del área donde se desarrollará el proyecto.

Especialistas en hidrología, biología, química, oceanografía, ingeniería y ciencias sociales y ambientales han recorrido comunidades, ríos, quebradas y bosques para caracterizar la calidad del agua de río Indio y de sus tributarios, la flora y la fauna terrestre y acuática, la calidad del aire, los niveles de ruido, la dinámica del río y la zona de la desembocadura. A estos trabajos se suman estudios como batimetrías, perforaciones, evaluaciones geotécnicas y análisis de suelos, además del registro de sitios de valor cultural y de las prácticas que las comunidades mantienen en relación con el territorio.

Toda esa información alimentará cada componente del futuro EsIA y permitirá describir con precisión el área donde se desarrollará el proyecto.

El caudal ambiental: ciencia y conocimiento local

Uno de los mejores ejemplos es el estudio del caudal ambiental, que busca definir cuánta agua debe permanecer de manera constante en el río aguas abajo de la futura presa, para sostener los distintos servicios ecosistémicos que brinda el río Indio.

Para definirlo es necesario estudiar el comportamiento hidrológico de la cuenca durante la estación seca y la lluviosa, analizar la calidad del agua, identificar la flora y la fauna acuática y conocer cómo las personas usan el río. Solo integrando estos elementos puede establecerse un caudal que proteja tanto las actividades humanas como la vida del ecosistema que depende de él.

En ese proceso, el aporte de los moradores ha sido determinante. Durante talleres, reuniones y recorridos de campo, los residentes han compartido observaciones sobre las crecidas y sequías, las especies que encuentran en el río, el comportamiento de la zona estuarina, los lugares de pesca y los cambios que han observado a lo largo de los años. Ningún mapa sustituye la experiencia de quien ha vivido o usado toda su vida el río. Ese conocimiento, transmitido de generación en generación, aporta un contexto que difícilmente puede obtenerse únicamente mediante instrumentos y mediciones.

La ciencia permite medir, comparar y proyectar. El conocimiento local ayuda a interpretar lo observado y a entender cómo los fenómenos se manifiestan en la vida cotidiana de las comunidades. Ambos se complementan y fortalecen la calidad técnica de los estudios.

Por eso, antes de entrar a una finca o iniciar un levantamiento o estudio, los especialistas del Canal explican con transparencia a propietarios y residentes qué se va a hacer, para qué sirve y cómo contribuye al conocimiento de su cuenca. En la mayoría de los casos, los propios moradores acompañan los recorridos y aportan información valiosa sobre el territorio. Del mismo modo, los resultados deben regresar a las comunidades. No basta con recopilar los datos: es necesario compartir los hallazgos, explicar qué significan y mostrar cómo el conocimiento local se relaciona con los resultados científicos.

Conocer para prever, y prever para diseñar

Este es uno de los aspectos que suele pasar desapercibido en el debate público. La línea base no se levanta únicamente para describir un paisaje: se levanta para anticipar impactos, tanto negativos como positivos.

Reconocer la realidad del territorio nos permite evaluar los efectos ambientales, sociales y culturales en relación con un proyecto, y orientar así esfuerzos desde la propia etapa de diseño para evitarlos, así como mitigar y compensar los impactos de manera más informada, adaptando las medidas a las costumbres y prácticas propias de cada territorio. Este entendimiento es clave para el éxito de los programas que se implementarán como parte del proyecto.

Cuando se sabe dónde se encuentran los bosques, por dónde se desplaza la fauna, qué quebradas mantienen agua durante el verano, qué zonas presentan erosión y cuáles son los usos que las comunidades hacen del río, existe margen para ajustar componentes del diseño y planificar las medidas de manejo. Ese es el orden correcto: primero evitar los impactos; luego reducirlos, después mitigarlos y, finalmente, compensar aquellos que no puedan evitarse.

Bajo ese enfoque, las medidas de manejo ambiental no deben limitarse a “reponer lo que se pierda”. También deben contribuir a mejorar las condiciones del territorio mediante acciones verificables: la restauración de las riberas de los cuerpos de agua, la recuperación de suelos mediante proyectos agroproductivos que generen ingresos a las familias que residen en el territorio y permitan la conectividad de la biodiversidad a través de su articulación con los corredores naturales, recuperando así áreas que actualmente presentan procesos de degradación. No se trata solamente de sembrar árboles, sino de conservar mediante mecanismos que generen una relación ganar-ganar: se protege el territorio y, al mismo tiempo, las comunidades encuentran en esa conservación una fuente de ingresos para sus familias.

Bajo ese enfoque, las medidas de manejo ambiental adquieren un sentido más amplio. Dejan de ser respuestas puntuales a un impacto y se convierten en la inversión inicial para la gestión compartida que deberá sostenerse durante décadas.

Una cuenca, múltiples usos

La cuenca de río Indio no es un territorio intacto. La fragmentación de bosques, la ganadería extensiva, la tala y la presión sobre los suelos se han desarrollado durante años, muchas veces como respuesta a una necesidad genuina de las familias: asegurar su sustento.

Comprender y cuidar esta cuenca no responde a un solo interés. El agua sostiene una cadena de necesidades que se encuentran conectadas.

Está, primero, la población que vive dentro de la cuenca y depende del río, de las quebradas y de las fuentes locales para sus actividades cotidianas y productivas.

Está, también, la población abastecida por el sistema de lagos del Canal de Panamá, que representa más de la mitad de la población del país. De ese mismo sistema depende buena parte de la actividad económica industrial, comercial y de servicios de Panamá, Panamá Oeste y Colón. Y está la operación del Canal, que requiere agua para mantener una actividad sostenible y estratégica para la economía nacional y el comercio mundial.

Estos usos dependen de una misma condición: una cuenca capaz de producir agua en calidad y cantidad suficiente. Para ello, se necesitan bosques que protejan los suelos, riberas conservadas, terrenos capaces de infiltrar agua de lluvia, actividades productivas con mejores prácticas y ríos que mantengan caudales.

El carácter multipropósito del proyecto de lago Río Indio parte precisamente de esa realidad: una misma fuente debe responder a las necesidades de las comunidades, del abastecimiento para consumo humano, de las actividades económicas y de la operación del Canal, sin perder de vista el agua que debe continuar irrigando el territorio.

Gestionar la cuenca

La experiencia acumulada en la gestión de cuencas deja una enseñanza clara: conservar un territorio resulta más efectivo y menos costoso que intentar recuperarlo cuando ya presenta procesos severos de degradación. Una cuenca no se degrada por una sola decisión. Su condición cambia progresivamente como resultado de múltiples acciones cotidianas de quienes hacen uso del territorio o pueden incidir en él.

De ahí surge uno de los principios que debe orientar el trabajo en río Indio: ninguna cuenca se protege por sí sola y los actores del territorio no pueden hacerlo de manera aislada; nos necesitamos todos. Los moradores no son únicamente un público al que se debe informar. Son, de hecho, los administradores cotidianos del territorio, porque han convivido con el río desde mucho antes de la llegada de los equipos técnicos.

Por esa razón, el esfuerzo debe orientarse a construir participativamente acciones que permitan un manejo sostenible de la cuenca y que ayuden a conservar el agua en calidad y cantidad para las futuras generaciones. Se trata de consolidar una estructura de trabajo con los diferentes actores, capaz de mantenerse en el tiempo. Entre las acciones que pueden desarrollarse se encuentran el fortalecimiento de las juntas administradoras de acueductos rurales, el monitoreo participativo de la calidad del agua y de los caudales, la protección y restauración de riberas acordada finca por finca y el apoyo a productores para incorporar prácticas que reduzcan la presión sobre los suelos y las fuentes de agua.

Los sistemas silvopastoriles, los sistemas agroforestales, el manejo adecuado de desechos y el uso eficiente del agua permiten compatibilizar la actividad productiva con la conservación del territorio.

El objetivo no puede limitarse a “no empeorar las condiciones actuales”. Debe aspirar a que la cuenca funcione mejor mediante el trabajo conjunto de comunidades, autoridades locales, organizaciones de base comunitaria, instituciones, productores y demás actores vinculados al territorio. Proteger una cuenca a tiempo, y hacerlo junto a quienes la habitan, siempre será más efectivo y digno que intentar rehabilitarla después.

Lo que viene

Toda la información que actualmente se recopila, socializa y valida en campo formará parte del EsIA que será presentado al Ministerio de Ambiente para su evaluación conforme a la legislación panameña. Ese documento integrará los resultados de los estudios físicos, biológicos, socioeconómicos y culturales; identificará los impactos del proyecto; y establecerá las medidas para prevenirlos, mitigarlos y compensarlos, así como darles seguimiento en todas sus etapas.

La experiencia de río Indio deja una enseñanza que trasciende este proyecto: la planificación ambiental moderna requiere tanto el rigor científico como el conocimiento comunitario. Ninguno reemplaza al otro; se complementan.

Comprender una cuenca es entender, al mismo tiempo, el agua, los ecosistemas, las actividades productivas y las personas que dependen de ellos. Ese es el propósito de la línea base socioambiental y del EsIA: conocer el territorio, estimar las áreas de influencia, anticipar los impactos y tomar las mejores decisiones para proteger un recurso del que dependerán las comunidades de río Indio, el abastecimiento de agua para millones de panameños y la operatividad del Canal de Panamá.

La autora es supervisora del Equipo de Seguimiento Ambiental-Proyectos Hídricos-ACP.


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