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Conociendo al panameño de a pie

Conociendo al panameño de a pie
Elysée Fernández

En los medios de comunicación de Panamá, la expresión “el panameño de a pie” se ha convertido en una muletilla cómoda. La soltamos en debates, la escribimos en titulares y la repetimos en discursos, pero cabe preguntarse: ¿realmente lo conocemos? O, peor aún, ¿estamos tomando decisiones ignorando deliberadamente su rostro? Más allá de la metáfora, esta figura es el corazón palpitante del país: la gente común que transita en un Panamá que, a menudo, los grandes planes estratégicos ni siquiera mencionan.

El panameño de a pie es, en esencia, quien le gana la carrera al sol. No madruga por un mero hábito de disciplina, sino por la urgencia de la supervivencia. Su jornada arranca con la incertidumbre pegada al cuerpo: ¿pasará el bus?, ¿servirá el Metro?, ¿cuántas horas de vida le robará el tranque de Arraiján hoy? En una ciudad que creció a golpes de improvisación, moverse se ha vuelto un acto de resistencia física y emocional. No es solo el cansancio de las piernas; es el desgaste de saber que el tiempo que se pierde en una fila o en un embotellamiento es tiempo que se le quita a la familia, al descanso o al propio ser.

A ese trayecto agotador se le suma el peso silencioso del bolsillo. La quincena, esa que en las gráficas de Excel parece cuadrar, en la realidad se evapora entre el supermercado, el alquiler y los recibos que no esperan. Para muchos, el ahorro es un lujo de otro planeta. Cada centavo que sube el arroz o el combustible —por mínimo que parezca en los informes técnicos de la capital— se siente como un puñetazo en la mesa familiar. Por eso, en la calle se repite, con una mezcla de rabia y resignación, como escuché recientemente en la fila de un supermercado: “Aquí todo sube, menos el salario”. Es una verdad que no necesita de sociólogos para entenderse; se observa en la economía familiar, repercutiendo en la calidad de vida.

En el mundo del trabajo, la estabilidad es más un sueño que una certeza. El empleo formal, con su seguro y sus vacaciones, hoy camina junto a una informalidad que no es una elección, sino un mecanismo de defensa. La gente “se las ingenia” porque la macroeconomía —esa que dice que somos un país con buenos números económicos— no siempre baja del rascacielos a la acera. Hay crecimiento, claro, pero no inclusión.

La salud pública y la educación terminan de dibujar este cuadro de tensiones. El panameño de a pie sabe que enfermarse es entrar en un laberinto de citas a largo plazo y farmacias que no siempre tienen la medicina que busca. Y en las escuelas, la promesa de que la educación es la “gran igualadora” se siente cada vez más lejana. La brecha entre lo público y lo privado se ha vuelto un abismo y, para muchas familias, la educación dejó de ser un ascensor social para convertirse en una lucha contra limitaciones estructurales que parecen no tener fin.

Todo esto ocurre mientras el país se mira al espejo y ve dos caras: la modernidad de los cristales relucientes y el rezago del barrio sin agua. Esa dualidad no es invisible. El panameño de a pie observa cómo el desarrollo vuela a toda velocidad, pero siente que a él siempre le toca ir en el último vagón, si es que logra subir.

Finalmente, está la política. La desconfianza no es gratuita; es la huella de tantas promesas que se quedaron en el camino. La corrupción no es un concepto abstracto de los periódicos; se percibe como ese hueco en la calle que falta por arreglar o esa beca en espera de quien la está necesitando.

Hablar del panameño de a pie no debería ser un adorno poético. En su día a día se plasman los verdaderos desafíos de Panamá. Ignorar su realidad no es solo un error de cálculo político; es una desconexión peligrosa que, tarde o temprano, nos pasará la factura a todos como sociedad. Es hora de dejar de hablar de él, para empezar a hacerlo partícipe.

El autor es educador, periodista y abogado.


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