Cada sociedad crea su propio ambiente a partir de las relaciones de trabajo que establece con sus entornos naturales a lo largo del tiempo. Por lo mismo, si se desea un ambiente distinto será necesario crear sociedades diferentes. En nuestro tiempo, esta relación ha quedado en evidencia a partir de la llamada Gran Aceleración en el desarrollo del mercado mundial desde mediados del XX, sustentada en el consumo masivo de combustibles fósiles y la extracción ampliada de recursos naturales.
Para fines del siglo pasado, esa Gran Aceleración dio lugar a la crisis socioambiental global que hoy encaramos. Esto, a su vez, se ha hecho sentir en la dimensión política de la crisis socioambiental global. Así, cuando el ambiente “ingresó formalmente en la política delos gobiernos a principios de la década de 1970 con las primeras conferencias internacionales y la designación de ministros del ambiente, las políticas se referían a la conservación”, y buscaron crear “reservas naturales y parques nacionales, mientras eran aprobadas leyes de protección a especies en peligro”.
Este periodo conservacionista temprano condujo “a la necesidad percibida de una administración del ambiente, una estructura de gestión; la naturaleza no solo podía ser conservada, necesitaba ser administrada.” 1 Para la década de 1980 este tipo de gestión ambiental – que en última instancia expresaba un conflicto entre la conservación y un desarrollo entendido en lo fundamental como crecimiento económico sostenido – “también probó ser insuficiente cuando la internacionalización de los problemas ambientales se hizo evidente”, en todo lo que iba del cambio climático al deterioro de los suelos, las aguas y la biodiversidad. Con ello, “el ambiente se convirtió en materia de relaciones internacionales” que vino a mezclarse con otros problemas de la gobernanza global.
En el curso de ese proceso, para la década de 1990 el énfasis en la conservación de segmentos del mundo natural pasó a ser compartido con el de la demanda de la sostenibilidad del desarrollo humano a escala planetaria. En ese sentido, la conservación pasó, de ser la expresión principal del ambientalismo global, a convertirse en una condición necesaria pero no suficiente para la sostenibilidad del desarrollo humano.
En la práctica, sin embargo, incluso ese vínculo entre la conservación y el desarrollo sostenible debió encarar el hecho de que el mercado mundial no está organizado para hacer sostenible el desarrollo humano, sino para hacer sostenido el crecimiento económico. Sin embargo, ese crecimiento depende en una medida decisiva del acceso a servicios ambientales que solo la conservación puede garantizar. Vistas ambas partes en su relación, se hace posible pasar del conflicto entre conservación y desarrollo al vínculo entre esta última y la sustentabilidad del desarrollo humano, que es el elemento fundamental por considerar.
Eso incluye entender que en el mundo contemporáneo todo proceso de cambio ambiental implica la participación de la sociedad involucrada. En este sentido, el cambio ambiental y el cambio social siempre están vinculados entre sí de maneras muy diversas. Desde una perspectiva tradicional, esa participación social debe operar bajo tutela estatal. Desde la perspectiva de una salida sostenible a la crisis, esa participación debe operar a partir de las organizaciones sociales y empresariales de las comunidades involucradas, en alianza con las autoridades estatales.
La sostenibilidad del desarrollo humano, en efecto, solo será posible si es equitativa y solidaria. Allí está la disyuntiva fundamental de nuestro tiempo: tal es su promesa, tal su dificultad. Lo importante, aquí, es que el capital natural mantiene una estrecha relación de interdependencia con el capital social. Ambos están siempre vinculados entre sí, y de la calidad de ese vínculo depende el que exista entre la conservación y la sostenibilidad en la gestión de sistemas ambientales complejos, en Panamá como en el mundo entero.
El autor es historiador ambiental (doctor en estudios latinoamericanos).


