En las últimas semanas he escrito sobre cómo, en momentos de crisis, hay quienes logran ver lo que otros no ven. Y sobre cómo, a veces, moverse rápido es lo que marca la diferencia. Pero hay algo más que quiero sumar. Porque tener visión y actuar con velocidad no es suficiente si en el camino se rompe lo más importante: el equipo.
Avanzar sin sostener puede salir caro. Liderar sin acompañar puede dejar a la gente atrás; y muchos líderes nos debemos a nuestra gente. Por lo tanto, debemos vernos todos como uno, y movernos como equipo, sorteando las diferencias y llegando a acuerdos y compromisos que, contra viento y marea, deben cumplirse.
No estoy hablando de contención en un sentido paternalista, ni de disfrazar las dificultades. Hablo de estar. De compromiso. De hacer sentir que, incluso cuando no hay certezas, no estamos solos.
Cuando todo tiembla, la reacción más común es frenar. Lo entiendo. El miedo aprieta. Pero también creo que hay otra forma de ver esos momentos: avanzar, sí, pero con el equipo en el centro. No como un recurso más, sino como el motor de todo.
Porque moverse rápido puede ser una decisión inteligente. Pero si ese movimiento no viene acompañado de cuidado, de escucha, de contexto… se convierte en una apuesta riesgosa. He visto organizaciones que tenían buenos planes, buenas ideas, pero fallaron porque su gente no se sintió parte. Y también he visto lo contrario: equipos que atravesaron momentos durísimos y salieron fortalecidos. ¿La diferencia? Cómo se lideró el proceso.
Una vez me tocó estar cerca de un equipo que tuvo que reinventarse en plena crisis política en Venezuela, luego de 1999. Cambiaron su modelo de ser empresa nacional para convertirse en multinacional, se lanzaron a nuevos mercados, hicieron todo lo que el manual dice que hay que hacer. Pero lo que más me impactó fue otra cosa: cómo se cuidaron entre ellos. Cómo se comunicaban. Cómo cada decisión iba acompañada de una conversación. No todo salió perfecto, claro. Pero salieron adelante. Y salieron juntos.
Lo que era una empresa nacional con holding de acciones local se convirtió en una multinacional con un holding en el exterior, pasando la otrora operación local a ser una subsidiaria de un grupo extranjero. Se vio la amenaza, pero a la vez se vio la oportunidad. Acá cabe la moraleja: la parálisis puede llevarte a la pérdida de todo lo construido con esfuerzo, y toca reinventarse para asegurar el patrimonio que se tiene y para crecer cuando se ve que todo se viene abajo. Trabajo en equipo es igual a sobrevivencia.
Esa situación me hizo ver que el liderazgo real no está solo en las decisiones técnicas, sino en los gestos. En cómo escuchas. En cómo sostienes a otros mientras el terreno se mueve.
También pienso en cosas más simples. Esa pyme que, en pandemia, en vez de encerrarse a tomar decisiones entre cuatro personas, abrió el juego. Habló con su gente. Les dijo la verdad. Les pidió ideas. No hubo fórmulas mágicas, pero sí hubo un sentido de equipo que fue clave. Y sobrevivieron. Y hoy están mejor que antes.
Creo que muchas veces subestimamos el poder de lo emocional en contextos de cambio. Y no hablo de hacer terapia grupal en la oficina. Hablo de generar confianza. De no esconder la incertidumbre, sino compartirla con responsabilidad. De permitir que el miedo tenga lugar, pero no tenga la última palabra.
Porque sí, las crisis pueden ser plataformas. Pero solo si alguien se anima a subirse. Y solo si esa subida no es en solitario. Porque avanzar a toda velocidad y quedarse solo arriba no sirve de mucho. Liderar, de verdad, es mirar al costado y asegurarse de que los demás también pueden seguir.
Yo creo que eso es lo que más vale en estos tiempos: el coraje compartido. La valentía de moverse, pero también la de cuidar. La de no tener todas las respuestas, pero sí tener claro que este camino se transita en equipo.
Y a veces, eso –escuchar, acompañar, sostener– es lo más difícil. Y lo más transformador.
El autor es Country Managing Partner – EY.
