En marzo de 2009, The New York Times publicó un artículo titulado “El cuidado médico en Rumania conlleva un costo adicional”. La publicación relata la historia de Alina Lungu y describe cómo casi pierde a su hijo por culpa de la corrupción. “Alina Lungu, 30, hizo todo lo necesario para asegurar un embarazo saludable en Rumania: comió comida orgánica, nadaba diariamente y coimeaba a su ginecólogo con unos $255 extras en efectivo pagados de forma mensual secretamente en sobres blancos”.
La publicación explica cómo Alina coimeaba a toda una red de funcionarios dentro del hospital para asegurar que su hijo llegara sano y salvo al mundo. Pagó $32 en coimas para asegurar una anestesia, $13 en coimas para contar con una camilla el día del parto, entre otras coimas. El día del parto, no llegó nadie. Después de 12 horas de espera, finalmente apareció un doctor y encontró que el cordón umbilical estaba asfixiando al bebé. Fue demasiado tarde. El hijo de Alina nació ciego, sordo y con daño cerebral. Las coimas no fueron suficientes.
Un año después de esta publicación, Tarek al- Tayeb Mohamed, ciudadano de Túnez de 27 años, se prendió fuego como muestra de protesta contra la corrupción. Policías corruptos de Túnez le confiscaron bienes que Tarek propiamente vendía. Tarek no estaba dispuesto a coimearlos para mantener lo que era suyo. Su muestra de protesta empezó la revolución de Túnez y la Primavera Árabe.
Ese mismo año en Haití, mueren miles de personas por un terremoto devastador. Estudios posteriores al terremoto han revelado que muchos de los edificios que se derrumbaron no tenían permiso de construcción ni informes de inspección y seguridad. Las constructoras y los dueños de los edificios habían pagado coimas para evadir los permisos de seguridad y construcción requeridos por ley. Miles de muertes se pudieron haber evitado si no hubiese corrupción.
Estos son solo tres ejemplos puntuales de miles que existen en el mundo de las horribles consecuencias de la corrupción en la vida de las personas. En Panamá, lastimosamente no nos quedamos muy atrás. La corrupción en Panamá se está institucionalizando cada vez más y, si no tenemos cuidado, pronto nos tocará pagar coimas para poder ejercer nuestros derechos más básicos. Las evidencias indican que en los países con mayores índices de corrupción generalmente existe una baja inversión pública en sectores básicos como salud y educación.
Los mismos estudios revelan que en los países con altos niveles de corrupción existe una alta inversión en proyectos de infraestructura. Es claro que esta es la realidad en Panamá. Tenemos unas cuantas obras de infraestructura, pero si no hubiese corrupción, pudiésemos tener esas obras y también buena educación, excelente atención médica y sentirnos seguros en la calle y en nuestras casas.
En los países con más altos niveles de corrupción también se llevan a cabo mayor cantidad de violaciones de los derechos humanos. En adición, estos actos de corrupción son una violación al principio republicano de igualdad sobre el cual está construida nuestra patria. Cuando un funcionario recibe una coima y trata privilegiadamente a una persona, está discriminando a todos los demás y violando la dignidad humana de estas personas.
Muchos en Panamá ya sufren y viven el impacto diario y la discriminación que causa la corrupción, otros la sufren sin darse cuenta. Una de las razones principales por las cuales tenemos creciente inseguridad, problemas con agua, creciente desempleo y problemas en el sistema de salud es en gran parte por la corrupción y la mala administración de los recursos del Estado. Por ejemplo, en el caso Finmeccanica, el Gobierno de Panamá pagó $25 millones en sobreprecios en la compra de radares, helicópteros y mapas. Con este dinero se pudo haber reconstruido 25 escuelas rancho al costo de $1 millón cada una. O se le hubiera podido pagar los salarios pendientes a los cientos de docentes que no han podido cobrar. En el caso Odebrecht, el Gobierno de Panamá pagó $318 millones en sobreprecio en cinco megaproyectos.
Con esos $318 millones se hubiera podido preparar y entrenar técnicamente a miembros de la Policía Nacional y comprarles los equipos tecnológicos necesarios y modernos para controlar la creciente inseguridad del país. También se hubiera podido utilizar ese dinero para incrementar el presupuesto de nuestro Órgano Judicial y así aliviar los miles de casos pendientes que tienen.
Es importante que todos empecemos a ver el problema de corrupción no solo como un tema económico, sino como un problema centrado en la vida de las personas. Esto ayuda a que el problema sea más debatido y discutido y crea un sentido de urgencia dentro de la población.
El autor es ciudadano