ÉTICA

La corrupción: mal inmemorial

Cuatro mil años a.C. se registraba un caso singular en las tablillas cuneiformes de la civilización Sumeria. Un maestro reprendía severamente a su alumno por su falta de atención en las clases y su indisciplina en el aprendizaje. El padre del alumno en cuestión procedió a efectuar una serie de regalos al maestro, tales como una túnica nueva, un anillo de oro, animales, vino, etc. Al día siguiente, el maestro notó “un progreso notable” del alumno y lo felicitó por su avance… “has cumplido bien con tus tareas escolares y hete aquí que te has transformado en un hombre de saber”. Es un caso de corrupción que refleja cómo se viene dando desde tiempos inmemoriales.

No podemos impedir, pero sí frenar, controlar y castigar la corrupción. Necesitamos que el Estado de derecho cumpla su función primordial de impartir justicia. Esto requiere que se reduzcan las grandes desigualdades económicas; la constitución de instituciones públicas serias, responsables y transparentes en el manejo de la “cosa pública”, y lo más importante, una educación que forme personas capaces de amar la integridad como fruto de sus principios, valores, ética y de ser valientes y fuertes ante la tentación del dinero mal habido e igualmente de asumir la responsabilidad de sus actos.

En los últimos años se ha descuidado aún más la educación, reforzando los antivalores: el juega vivo, el irrespeto, el mentir descaradamente, el robar, entre otros. Lo bueno y lo malo se trivializa, lo vemos a diario en la clase política, siendo cada vez más notorio que las instituciones y los cargos estén dominados por ellos. Se llega al punto de considerar ciertas conductas y valores cuestionables como normales, por ejemplo: hoy son unos bates de béisbol, una licitación amañada, una justicia comprada, una planilla injustificada, en fin, la corrupción se ha convertido en un tema al que debemos prestarle atención inmediata, ya que puede acarrear consecuencias insospechadas.

Si bien es cierto, subjetivamos los valores, y es así que lo que es bueno para uno no lo es necesariamente para el otro. Ellos nos permiten convivir en sociedad y no pueden ni deben ser condicionados. Los valores deben cimentarse en los principios universales de la vida, de la verdad, de la justicia, de la equidad y del respeto. En este aspecto, todo somos responsables y tenemos el deber de transmitirlos a las nuevas generaciones, tomando en cuenta que la mejor enseñanza es nuestro ejemplo.

La autora es abogada

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