Todo hace indicar que la palabra “corrupción” corroe tanto que de escucharla a diario y constantemente ha corrompido la vida normal de la sociedad hasta convertirse en una rutina en la prensa, la televisión, medios de comunicación y la vida diaria. Se difunden o exaltan noticias, espectáculos, reportajes, entrevistas, programas, películas, etc., etc., cargados de alguna forma de corrupción, ya sea de menores y/o adultos (adicciones de toda clase; antivalores culturales, educativos, éticos o morales). Es como si las corrupciones han llegado para quedarse y que solo queda convivir con ella, pues se vive, se tolera y se acepta en todos los niveles y clases sociales.
Desde el simple “juega vivo” hasta los delitos de “cuello blanco”; desde el “bien cuidao” al lavado de dinero; desde “la propina” por lograr la prestación de un servicio, hasta “las donaciones” por el tráfico de influencia; desde la obscenidad a la vulgaridad como patrón de conducta artística, social o gubernamental; desde la propaganda engañosa a la estafa y atraco; desde el pandillerismo a la asociación ilícita; desde la claudicación a los mártires a la traición a la patria; desde la tolerancia a la impunidad. Así, algunos dicen que la corrupción hiere la dignidad, que hay que combatirla y castigarla. Cierto, pero no solo la corrupción generada en el soborno, peculado, cohecho y la defraudación tributaria, sino de todas aquellas que, bajo el sofisma de la libre empresa y la libertad de expresión, se enriquecen a costa de la ignorancia, sueños juveniles y la miseria de la sociedad, a ciencia y conciencia de la complicidad e impunidad. Y no hay corrupción buena, santa ni lícita.
Solo el desastre de la educación nacional es muestra de esta decadencia social que vivimos. Las ruinas en que se convierte, día a día, el Teatro Nacional es la expresión de los antivalores culturales que promueven las autoridades; la reactivación del comité de ética de los gremios hace sonar las alarmas ante el caos social. El ruido causado por las maquinarias de Odebrecht y Blue Apple denotan que la corrupción –en todos los conceptos, formas y acepciones– ha avanzado y avanza entre los Órganos Ejecutivo, Legislativo y Judicial, bajo la sombra de la complicidad e impunidad en el incumplimiento de sus deberes constitucionales, porque los actuales partidos políticos, gremios y sindicatos están contaminados o carecen de poder de convocatoria; es decir; no han hecho nada por combatir la corrupción.
Tenemos una juventud formada en esos efluvios de la corrupción, que ha perdido su vocación por la lectura del patio y la buena lectura y, sin embargo, se le incita a que aprenda inglés y mandarín sin saber escribir su propio idioma (una de las asignaturas escolares más reprobada). A esa juventud hay que reorientarla al conocimiento de la historia patria y su cultura, a una conciencia de clase trabajadora y honesta por convicción, y cuidarla de los fariseos de la democracia y de la anticorrupción que pululan en pantallas, primeras planas, micrófonos y altavoces para encubrir sus conductas ilícitas o inmorales.
En fin, hay que combatir la corrupción en todas sus manifestaciones, formas o clases, de donde o por donde venga para transformar aquel “chico plástico” y no ver aquella sociedad de oropel que –se dice– crece en un 6%, 8% y 10%, pero sin principios ni valores. Hay que crear gente nueva para que desde todos los cargos públicos lleve adelante la renovación educativa, cultural y política de la sociedad.
El autor es abogado
