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Corrupción y crimen: cuando el poder se convierte en mafia

La corrupción no es solo el gran robo que encabeza los titulares. Es también el gesto cotidiano de acomodarse en la sombra, el silencio cómplice ante la injusticia, la pequeña ventaja que se acepta como normal. Esa multiplicidad de rostros —unos discretos, otros monstruosos— la hace más peligrosa: se infiltra en lo íntimo y en lo estructural, hasta que se vuelve un sistema.

En 2025, la corrupción ya no escandaliza: fatiga. Es ruido de fondo, parte del paisaje. Lo que antes fue una aberración ética hoy se asume como norma de supervivencia. “Así funciona todo.” “Si no lo hago yo, lo hará otro.” Estas frases han desplazado al viejo lenguaje del honor, del deber, de la dignidad.

Pero lo que estamos presenciando va más allá del oportunismo o la negligencia: es la fusión entre la corrupción institucional y el crimen organizado. Ya no son redes marginales las que intentan infiltrarse en el poder: es el propio poder —empresarial, político, judicial— el que actúa como una red criminal. Con códigos de silencio, pactos entre mafias y estructuras jerárquicas que se confunden con las delictivas.

Banqueros, diputados, ministros, jueces, líderes empresariales… muchos (no todos, pero sí demasiados) participan activamente en estas redes de lavado de dinero, evasión fiscal, tráfico de influencias y despojo. Y lo hacen sin consecuencias, porque también han comprado el sistema de justicia.

Panamá y muchos países latinoamericanos repiten este patrón con escalofriante frecuencia. Se destapan escándalos, se nombran culpables, se hacen titulares. Pero no pasa nada. Porque jueces, fiscales y medios de comunicación están atrapados en la misma telaraña. Y porque la sociedad, cansada y confundida, se ha resignado a la desmoralización.

Como advirtió Hannah Arendt, el horror no siempre viene de monstruos: a veces basta con dejar de pensar, cumplir órdenes, callar, mirar hacia otro lado. Eso es lo que ocurre cuando la corrupción se vuelve cultura.

Y el crimen organizado ya no se oculta. Firma decretos, dirige campañas, se disfraza de progreso. Ha dejado de ser un cuerpo extraño para convertirse en el corazón del modelo económico.

Pero el verdadero drama no está solo en la élite corrupta. Está en el alma colectiva. Porque la corrupción necesita de una ciudadanía desarraigada, indiferente o resignada. Una ciudadanía que haya aprendido que lo importante no es ser honesto, sino no ser descubierto. Que lo que vale es el éxito, aunque venga de la trampa.

Vivimos en una época donde triunfa el tener sobre el ser. Se valora más lo que se posee que lo que se es. Lo ético ha sido reemplazado por lo rentable; la integridad, por la apariencia. En este mundo, la sensibilidad es un estorbo, la introspección una pérdida de tiempo, la empatía una debilidad.

Y en este vacío, la corrupción florece. Porque el alma desconectada de sí misma no puede resistir. Porque el miedo, el narcisismo y la desesperanza son terreno fértil para la impunidad.

Erich Fromm ya lo decía: una sociedad que convierte al ser humano en mercancía no puede generar ciudadanos con conciencia. Y sin conciencia, no hay límite.

Por eso, la verdadera pregunta que deberíamos hacernos no es solo cómo erradicar la corrupción, sino qué tipo de humanidad queremos ser.

Porque la salida no será solo legal ni institucional. Será también educativa, ética, íntima. Porque el cambio profundo empieza donde se forma la conciencia: en la casa, en la escuela, en la comunidad.

La familia sigue siendo, en su mejor versión, el primer laboratorio moral. Allí donde se enseña a respetar, a no mentir, a pensar por uno mismo. Y dentro de ese núcleo, la figura de la mujer —como transmisora de vínculo y verdad— tiene un papel clave. No como mártir, sino como fuerza formadora.

Junto a la familia, la escuela es el otro territorio decisivo. No una escuela que repita consignas, sino una que enseñe a pensar, a discernir, a sostener la dignidad incluso cuando nadie observa. Como dijo Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo. Cambia a las personas que van a cambiar el mundo.” Y hoy, más que nunca, necesitamos a esas personas.

El verdadero poder no es el que impone, sino el que sostiene. El que tiene alma. Y si queremos rescatar el sentido del poder, debemos empezar desde abajo: desde los jóvenes que se niegan a participar del abuso, desde los maestros que siembran preguntas, desde las madres que educan con claridad, desde los líderes que no negocian su conciencia.

No se trata de idealismos. Se trata de sobrevivencia. Porque una sociedad sin alma solo puede avanzar hacia la barbarie.

Y porque el verdadero cambio comienza cuando dejamos de preguntarnos solo en qué mundo vivimos… y empezamos a decidir qué humanidad estamos dispuestos a ser.

La autora es autora es psicóloga y docente.


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