Muchas veces, detrás de una rabieta, un silencio o una mala contestación, hay algo más que nuestros hijos todavía no saben cómo expresar. Como madre y psicóloga, he aprendido que muchos de los momentos que más nos desesperan en la crianza no empiezan como un problema de disciplina, sino como una dificultad para comprender lo que ocurre dentro de nuestros hijos y también dentro de nosotros mismos.
Hoy se habla mucho de cómo corregir conductas, poner límites o lograr que los niños obedezcan. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué hay detrás de aquello que intentamos corregir. La crianza reflexiva propone justamente eso: comprender primero el mundo interno de nuestros hijos antes de reaccionar.
La crianza reflexiva es la capacidad de reconocer y comprender sus sentimientos, pensamientos, miedos, imaginación y necesidades. Más que una técnica de crianza, es una manera de relacionarnos con ellos desde la curiosidad, la conexión y el deseo genuino de entenderlos.
Al convertirnos en padres, nos toca ajustarnos al temperamento, al contexto y a todo lo que ellos piensan, sienten, sueñan e imaginan. Siempre he pensado que cada hijo es como una gran caja fuerte con una combinación distinta. Algunos niños se abren fácilmente; otros necesitan más tiempo, paciencia y comprensión. Y muchas veces sentimos la presión de encontrar rápidamente la manera correcta de conectar con ellos. Ese desafío puede activar algo muy frecuente en la crianza: el estrés parental.
El estrés parental aparece cuando nos sentimos sobrepasados por las exigencias de criar. Experimentamos agotamiento, frustración o la sensación de no tener las herramientas suficientes para manejar situaciones difíciles. Cuando estamos emocionalmente saturados, nuestra capacidad para responder con calma y sensibilidad disminuye. Muchas veces intentamos corregir conductas sin preguntarnos qué las está provocando.
A esto se suma otro elemento importante: el temperamento. El temperamento es la base biológica e innata de nuestra personalidad, con la que llegamos al mundo, el modo de ser de cada uno. Algunos niños son inquietos; otros, tranquilos. Algunos son más sensibles; otros parecen tolerar mejor los cambios o las frustraciones. Muchas veces tenemos hijos con un temperamento distinto al nuestro, y como padres nos toca ajustarnos a esa diferencia, sobre todo en los momentos difíciles.
En el Reino Unido, Sheila Redfern desarrolló un programa de ocho sesiones para ayudar a los padres a fortalecer esta capacidad reflexiva. He tenido la oportunidad de impartirlo en Panamá y, entre las herramientas que trabaja, quiero compartir cuatro que me parecen especialmente útiles.
La primera es el termómetro emocional, que nos ayuda a reconocer cuándo, tanto el padre como el hijo, están disponibles emocionalmente para pensar y conectar antes de reaccionar. El termómetro invita a hacer una pausa: «¿Cómo estoy emocionalmente en este momento?»
La segunda es el mapa parental, que se utiliza cuando enfrentamos una situación difícil con nuestro hijo. Nos invita a preguntarnos qué pensamientos, emociones o experiencias personales podrían estar influyendo en nuestra reacción antes de responder.
La tercera es el APP parental, cuyas siglas resumen tres movimientos: poner atención y curiosidad en la mente del niño; tomar perspectiva («Yo lo veo así, pero quisiera entender cómo lo ves tú»); y proveer empatía («Esto parece difícil para ti»).
La cuarta es lo que Daniel Hughes llama una «disciplina a dos manos»: por un lado, manejar el comportamiento; por el otro, intentar comprender lo que hay detrás de él.
En salud mental utilizamos la palabra «mentalizar» para describir esta capacidad de comprender nuestra mente y la de los demás. Mentalizar a nuestros hijos implica hablarles con respeto, humildad y congruencia emocional. Implica reconocer que detrás de toda conducta existe una mente con emociones, pensamientos y necesidades.
Siempre habrá momentos difíciles con nuestros hijos. Lo importante no es hacerlo perfecto, sino reparar. Cada reparación fortalece la conexión y ayuda a que nuestros hijos se sientan vistos, entendidos y validados. Y muchas veces, sentirse comprendidos es lo que más necesitan para poder volver a regularse y acercarse nuevamente a nosotros.
Como plantea Peter Fonagy, cuando en casa podemos hablar sobre emociones y experiencias internas, construimos ambientes más cálidos y seguros. Quizás esa sea una de las tareas más importantes de la crianza: ayudar a nuestros hijos a sentirse comprendidos mientras aprenden a comprenderse a sí mismos.
La autora es psicóloga clínica y psicoterapeuta.

