Dice Vladimir Nabokov que “después del derecho a crear, es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer”, pero no de cualquier manera: tener un derecho no convierte su ejercicio en algo útil ni para el propio individuo ni para el conjunto de sus pares.
Expresar con libertad el disenso o el acuerdo con cualquier asunto público no convierte esa expresión ni en positiva ni en respetable: se respeta a la persona, pero no lo que dice, que puede y debe ser objeto de elogio o escarnio, pero, y esta es la clave, con criterio, con conocimiento de causa, con respeto y, a ser posible, con pedagogía. Ante el aluvión de críticos, es necesaria una crítica al fondo y a la forma del discurso, que últimamente se ha convertido en un vulgar verter pensamientos por escrito y con mala ortografía.
Panamá necesita cada vez más que los “críticos” (comillas irónicas) se callen y vayan a aprender cómo hilar correctamente sus ideas, cómo dotarlas de criterio y cómo expresarlas de tal manera que no falte la necesaria pedagogía, que nos lleva a entender al otro para refutarlo de manera correcta, o a cambiar nosotros de criterio porque, no lo olvide: que usted lo crea no quiere decir que sea verdad.
La “crispación crítica” (léase con ironía), que no es más que “pataleo de ahogado” de toda la vida, pero con soporte digital, se genera a partir del diálogo de sordos que se da cuando se lanzan opiniones sin fundamento ni contexto, sujetas al criterio único del gusto o del propio interés, lo que proporciona a los de siempre, al gatopardismo del patio, un punto ciego de la sociedad en el que seguir generando corrupción y crispación, dos elementos fundamentales para debilitar la voluntad de cualquier democracia.
Antes de hablar, piense, lea, piense otra vez y después cállese; quizá eso fortalezca su criterio para criticar como nos hace falta.
El autor es escritor.

