Estimo que a todos en la escuela se nos describió el legado de Galileo Galilei (1564-1642) como padre de la astronomía, de la física moderna y del método científico, entre otros. Lo que no se me dijo fue que Galilei había sido enjuiciado y condenado a cárcel de por vida por rechazar la teoría geocéntrica y sustentar la heliocéntrica; y que tuvo que adjurar de sus ideas para lograr el cambio de cárcel por arresto domiciliario.
Galileo tuvo suerte, porque en 1600, Giordano Bruno (1548-1600) fue juzgado y condenado a morir en la hoguera por también sustentar la teoría heliocéntrica, con el agravante de incorporar matices filosóficos, al sostener que el Sol era solo una de tantas estrellas con planetas similares al nuestro, en un universo infinito. Su condena fue ejecutada a pesar de haber sido miembro de la Orden de Dominicos. “Tembláis más vosotros al pronunciar esta sentencia que yo al recibirla” fue una frase que inmortalizó a este recordado filósofo.
No podría decir que mejor suerte tuvo el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), porque solo fue excomulgado, maldecido y expulsado de su comunidad judía en Ámsterdam, además de prohibirse a todos acercarse a él a menos de dos metros de distancia. Su maldición fue histórica: “Maldito sea de día y de noche, maldito sea cuando se acuesta y cuando se levanta, maldito sea al salir y al regresar”.
Curiosamente, los padres de Spinoza huyeron de la inquisición en Portugal para refugiarse en Ámsterdam, supuestamente por ser una ciudad liberal. Baruch fue miembro muy activo de la sinagoga, donde encontró muchas incongruencias en la Biblia hebrea, que no dudó en expresar públicamente. Además, negó la idea de un dios externo y “humanoide”, al indicar que Dios y la naturaleza eran la misma cosa: panteísmo. Más curiosa aún fue la expresión de Albert Einstein cuando se le preguntó si creía en Dios, a lo cual respondió: “Yo creo en el Dios de Spinoza”. Incluso, los últimos pensamientos del físico Stephen Hawking contuvieron expresiones panteístas atribuidas a Spinoza.
El lector seguramente pensará que ya no tenemos persecuciones religiosas, por lo que haré mención de otros casos en los que individuos que no encontraron en el estandarte de una religión cómo satisfacer su prepotencia y arrogancia, o calmar su miedo por ignorancia, se incorporaron a otra instancia disponible. Podríamos continuar con Ignaz Semmelweis (1818-1865), médico austríaco a quien se le conoce como “el salvador de madres”, al demostrar, con evidencias experimentales, la importancia de la desinfección de las manos en clínicas obstétricas para reducir la llamada “fiebre del parto”, causante de muchas muertes posparto. A pesar de los argumentos bien sustentados del Dr. Semmelweis, estos fueron rechazados por el gremio médico, al que no le fue fácil admitir que, por una falta aparentemente irrisoria, habían sido responsables de tantas muertes.
El Dr. Semmelweis murió en una institución mental, posiblemente afectado por el rechazo de sus colegas. Sus recomendaciones fueron posteriormente aceptadas luego de los estudios de Louis Pasteur, a quien se atribuye la llamada “pasteurización” como medio para reducir infecciones bacterianas.
Veamos ahora un caso en el mundo del arte. Vincent van Gogh (1853-1890), pintor muy reconocido en nuestros tiempos, fue en vida objeto de descrédito por su estilo no convencional, que luego serviría de modelo para muchos artistas del siglo XX. Además de su estilo vanguardista, pasó por episodios depresivos que fueron utilizados por sus adversarios para desacreditar su trabajo, al señalar que su “arte” se debía a que estaba loco. No conformes con ello, su muerte por un disparo de bala no aclarado fue atribuida a un suicidio.
Para quienes todavía piensan que este escrito es solo historia, veamos algunos casos más recientes, como el de Ludwig Boltzmann (1844-1906), pionero de la mecánica estadística, a quien se debe la famosa constante de Boltzmann. Como químico que soy, he sido testigo de sus innumerables aplicaciones, particularmente en la termodinámica. Boltzmann se suicidó en 1906, aparentemente por el poco reconocimiento académico a sus ideas, debido a que en esos años no se prestaba atención a los temas estadísticos.
Alfred Wegener (1880-1930), geofísico alemán, propuso que los continentes se desplazaban lentamente, tal como hoy aceptamos sin mayores dificultades. Sin embargo, en aquellos años esa “deriva continental” fue objeto de burlas y descrédito.
El científico reciente que posiblemente más recordamos es Alan Turing (1912-1954), no solo por ser considerado padre de la ciencia de la computación, sino por la película que mostró el trabajo que realizó para descifrar el código utilizado por la Alemania nazi para comunicar sus mensajes ofensivos. Se estima que su trabajo no solo acortó la guerra durante años, sino que salvó millones de vidas. Lo triste de esta historia es que Turing fue acusado y condenado en 1952 por ser homosexual y que, para evitar la cárcel, fue sometido a una “castración química” que supuestamente lo curaría de su homosexualidad; terapia que lo desequilibró profundamente hasta llevarlo al suicidio.
El lector posiblemente tendrá otras figuras en mente además de las descritas en este escrito, y podría pensar que estas situaciones son menos probables en nuestros tiempos. Yo solo espero que el próximo siglo no publique una lista similar, con algunos nombres del siglo XXI.
El autor es químico industrial y profesor de la Universidad de Panamá.

