En Panamá hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que un movimiento ciudadano decide convertirse en partido político: ¿es necesario convertirse en aquello que se cuestionaba para poder cambiarlo?
La historia reciente nos deja ejemplos como MOCA y, ahora, el movimiento Vamos, que ha demostrado tener una fuerza electoral y ciudadana significativa. La transformación de un movimiento en una estructura política formal puede ser legítima y necesaria. Pero también merece una reflexión.
¿Realmente es indispensable convertirse en partido para transformar el país? ¿O es una estrategia para alcanzar mayor estructura, disputar la Presidencia y tener capacidad real de gobernar?
La respuesta puede ser ambas. El problema aparece cuando el instrumento termina convirtiéndose en el objetivo.
Un movimiento ciudadano puede nacer con una promesa poderosa: hacer política de otra manera. Romper con las viejas estructuras. Escuchar a la ciudadanía. Combatir el clientelismo. Promover transparencia y rendición de cuentas.
Pero cuando ese movimiento crece, llega una prueba mucho más difícil: ¿podrá mantener sus principios cuando tenga acceso al poder?
Porque gobernar implica algo más que ganar elecciones. Implica nombrar ministros, directores y asesores; administrar presupuestos; establecer alianzas; negociar con la Asamblea; tomar decisiones difíciles y, sobre todo, resistir las presiones de quienes históricamente han entendido el Estado como espacio de influencia.
Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿Quiénes serán los que ocupen los ministerios?, ¿Serán personas escogidas por su capacidad, trayectoria, integridad y compromiso con el país? ¿O volveremos a ver figuras provenientes de las mismas estructuras políticas que durante años hemos cuestionado?
No significa que una persona con pasado partidista esté automáticamente incapacitada para servir. La experiencia puede ser valiosa. Pero un movimiento que promete cambio tiene que explicar con absoluta transparencia qué criterios utilizará para escoger a quienes tendrán el poder de tomar decisiones en nombre de todos.
Porque el verdadero cambio no está solamente en el logo, en el nombre o en la papeleta.Está en la forma de ejercer el poder.
Mientras tanto, ¿qué están haciendo los partidos tradicionales para escuchar al país?, ¿Están escuchando realmente a la ciudadanía o solamente a su círculo más cercano? ¿Están entendiendo el mensaje de quienes están cansados del nepotismo, el favoritismo, el clientelismo y la falta de transparencia?
Porque si las estructuras tradicionales no cambian, los movimientos seguirán encontrando espacio para crecer, pero también debemos ser cuidadosos.
El ciudadano no puede enamorarse nuevamente de una promesa sin observar qué ocurre cuando esa promesa tiene poder.
Panamá ya ha visto gobiernos que llegaron hablando de transformación y terminaron reproduciendo prácticas que antes criticaban. Por eso, el verdadero desafío de cualquier nuevo movimiento no será demostrar que puede ganar una elección, será demostrar que puede llegar al poder sin convertirse en aquello que prometió combatir. Tal vez los movimientos necesitan convertirse en partidos para gobernar. Tal vez no, pero lo que sí necesitan es conservar algo mucho más importante que una estructura electoral: la capacidad de escuchar, cuestionarse y rendir cuentas.
Porque si el movimiento termina creando su propio círculo cero, si las decisiones empiezan a tomarse entre los mismos de siempre y si las viejas prácticas simplemente se presentan con un nuevo discurso, entonces tendremos que preguntarnos: ¿Estamos ante un verdadero cambio o simplemente ante el próximo partido político de Panamá?. El cambio no se demuestra cuando se llega al poder.
Se demuestra cuando, teniendo el poder, se decide no repetir lo que tanto se criticó.
El autor es terapeuta y docente.

