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Cuando El Niño se impone: ¿dónde queda el ordenamiento territorial?

Cuando El Niño se impone: ¿dónde queda el ordenamiento territorial?
El Idaan construye un dique en el río Chame para garantizar la captación de agua ante la falta de lluvias y el riesgo de sequía asociado al fenómeno de El Niño. Cortesía

Cada fase climática provocada por el fenómeno de El Niño nos hace comprender cada vez más que somos susceptibles a los cambios de la naturaleza. Panamá no solo enfrenta vulnerabilidad climática, sino también una desorganización profunda en el uso de su suelo. A lo largo de la historia, la percepción pública y los responsables de la toma de decisiones han considerado este fenómeno principalmente desde ángulos particulares. Se discute intensamente sobre las enormes pérdidas en el sector agrícola o las limitaciones operativas en la ruta interoceánica.

Sin embargo, se pasa por alto una de las causas fundamentales que subyacen a estas crisis**: un** modelo de ordenamiento territorial fragmentado y completamente desconectado de la dinámica de los impactos ambientales. Ante esta situación, cabe plantear una sola pregunta: ¿están preparados los corregimientos, distritos y provincias de Panamá para enfrentar estos cambios climáticos?

La respuesta es sencilla: no lo están si el ordenamiento territorial continúa funcionando de manera desordenada, respondiendo únicamente a las presiones del desarrollo inmobiliario, a infraestructuras viales colapsadas o a la expansión agrícola sin planificación, sin incorporar una visión holística del territorio. Cuando El Niño se impone, revela los problemas inherentes al desarrollo urbano y las fallas en la regulación del uso del suelo, convirtiendo un fenómeno atmosférico cíclico en una crisis de gobernabilidad y equidad social que pone de manifiesto nuestra falta de preparación.

La primera manifestación significativa de esta desconexión territorial se traduce en un aumento de las temperaturas, cuyos efectos se intensifican en los entornos urbanos. Provincias como Panamá, Panamá Oeste y Colón han crecido bajo patrones de alta densidad, mostrando una marcada carencia de espacios públicos arbolados. El incremento continuo de las temperaturas durante el fenómeno potencia el efecto de isla de calor, deteriorando notablemente la calidad de vida.

La falta de regulaciones que obliguen a la integración de infraestructura verde, corredores biológicos urbanos y superficies permeables indica que las áreas metropolitanas y periurbanas no están diseñadas adecuadamente para mitigar el estrés térmico asociado al fenómeno de El Niño. En regiones que ya fueron afectadas con anterioridad, como el Arco Seco, la deforestación y la pérdida de cobertura vegetal han mermado la capacidad natural de almacenamiento del suelo.

Durante los periodos críticos, el flujo base de los ríos cae notablemente, mientras que la falta de zonas de amortiguamiento territorial incrementa sustancialmente el riesgo de incendios de vegetación en tierras agrícolas subutilizadas y lotes baldíos, erosionando aún más la biodiversidad local y afectando la salud comunitaria.

Sin embargo, diagnosticar esta fragilidad territorial no debe interpretarse como un motivo de resignación, sino como una oportunidad estratégica para reestructurar el modelo de desarrollo urbano. Panamá posee una posición geográfica privilegiada, una destacada biodiversidad y la capacidad técnica necesaria para liderar un cambio de paradigma regional. Al integrar de manera obligatoria los criterios de infraestructura verde, sistemas urbanos de drenaje sostenible y la delimitación estricta de zonas de recarga acuífera en los planes de ordenamiento territorial (POT) municipales, el país puede empezar a regenerar la memoria hídrica de sus paisajes.

Orientar el uso del suelo rural hacia la aptitud agroecológica y la protección integral de las microcuencas garantizará la seguridad hídrica e impulsará la competitividad de los productores frente a la variabilidad climática. Cuando el suelo se planifica, las crisis asociadas al fenómeno de El Niño pueden convertirse en catalizadores de innovación tecnológica, diversificación económica y cohesión comunitaria.

Es indispensable asumir un compromiso real para transformar la gestión del suelo. El camino hacia la resiliencia está al alcance de nuestras decisiones presentes. Articular el ordenamiento territorial con la conservación de los ecosistemas nos permitirá edificar ciudades más frescas, campos productivos más fuertes y comunidades verdaderamente preparadas para prosperar en armonía con la naturaleza, garantizando un futuro próspero, justo y sostenible para todas las generaciones de panameños.

El autor es arquitecto y especialista en ordenamiento territorial.


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