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Cuando el poder olvida el peso de la palabra

Hoy, cuando el “dictador” hace uso inapropiado (incluso rufianesco) de las “conferencias semanales” de los días jueves, es oportuno y pertinente hacerle saber el impacto que sus palabras tienen —más para mal que para bien— en la cotidianidad del panameño de a pie.

Buscaba yo la voz del constitucionalista por excelencia y me encontré con El valor de la palabra en el desarrollo de los pueblos; muchos de sus pronunciamientos dirigidos a los gobernantes de ayer y del presente.

La experiencia en el desenvolvimiento de la humanidad registra, a través de toda su historia, el valor que tiene “la palabra gesticulada, hablada o escrita como medio único e insuperable de comunicación y sentimientos entre los hombres de todos los tiempos y de todas las latitudes”.

La utilización de la voz para propósitos inconfesables y “el olvido de estas consideraciones ha producido numerosos males tanto en la vida de la familia como en la sociedad, y ha contribuido a la depreciación de la palabra”.

En consecuencia, “hace mal uso de la palabra el político que exige el concurso de mi dinero, de mí y tranquilidad, de mis amigos y de mi voto para lograr la satisfacción de sus ambiciones personales”.

No toma en cuenta la palabra justa el mandatario al ignorar “que una sociedad es un compuesto de fuerzas contrarias —no solo de empresarios— en constante lucha, en donde las más poderosas establecen, al fin y al cabo, sus corrientes de influencia (…)”.

“Yo diría a los armadores y agitadores de eso que se ha convenido en denominar la política: no prometan lo que no puedan cumplir. Respeten la opinión de tus adversarios”. Incluso de aquellos que consideras tus “enemigos de clase”.

Finalmente, el conversador envió el siguiente mensaje a quienes transitoriamente ostentan el poder: “(…) No está entre tus deberes conquistar prosélitos (empresarios y ‘gringos’ con poder) para tu causa personal. Debes todas tus actividades a la causa de la administración pública dentro de los cánones infranqueables de la justicia y la ley”.

¡Santo! Cuánto valor adquieren estas certeras y enjundiosas palabras pronunciadas, allá por los albores de la República, por el educador, periodista y abogado constitucionalista doctor José Dolores Moscote.

¡Así de sencilla es la cosa!


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