Desde pequeños admiramos ciertos trabajos y, cuando nos preguntan “¿qué quieres ser de grande?”, mencionamos ser astronautas, policías o, en ocasiones, presidentes de nuestro país, un cargo que asociamos con autoridad, poder y, sobre todo, responsabilidad. Sin embargo, en Panamá, esa imagen se ha distorsionado por los últimos gobiernos, dejando la impresión de que para ser presidente ya no se necesitan capacidad o inteligencia, sino contactos, influencia o un apellido reconocido.
Un puesto con grandes responsabilidades y cuyas decisiones afectan a toda la población ya no es tomado en serio, ni siquiera por los propios candidatos presidenciales. Hoy en día es común oír frases como “otro año sin candidatos buenos” o “tocará elegir al menos malo”. Aunque reconocemos nuestra realidad, es preocupante que esta perspectiva no cambie.
En cualquier organización, es crucial que quien la encabece sea estable y esté capacitado para mantener el orden. Un buen dirigente puede corregir fallas en su equipo, pero cuando es la cabeza la que falla, las consecuencias pueden ser irreversibles. Lamentablemente, al menos los últimos tres presidentes de la república han llegado al poder creyendo que sus errores pasarían desapercibidos o que no tendrían un impacto considerable. Negar los problemas del país, lejos de solucionarlos, los agrava.
Con una deuda externa creciente, corrupción en casi todas las instituciones públicas y una educación y salud en niveles tan bajos que nos hacen cuestionar cómo el país sigue funcionando, uno pensaría que estos serían temas prioritarios para el presidente. Sin embargo, no solo los ignoran, sino que en ocasiones son los causantes de estos problemas, aunque lo nieguen.
El descontento ya no es solo desconfianza en el presidente de turno, sino una falta total de expectativas. La esperanza se ha desplazado a cargos más bajos, como diputados o alcaldes independientes, pero ellos no pueden lograr grandes cambios si quien lidera el gobierno no les da el apoyo necesario. Una organización, por más personas capacitadas que tenga, no funcionará si su cabeza es la fuente principal de los problemas.
El cargo de presidente, que debería ser para servir a la población, se ha convertido en una vía para satisfacer el ego y ambiciones personales. El propósito de liderar un país ha sido tergiversado, y quienes llegan al poder ya no se toman en serio la enorme responsabilidad que implica.
Miembro del equipo organizador del debate presidencial del 13 de marzo de 2024.