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Cuando la geografía decide el poder

La disputa por Diego García revela cómo pequeños puntos geográficos siguen definiendo el poder global, en una competencia donde infraestructura, influencia y control estratégico se entrelazan.

Cuando la geografía decide el poder
Mapa que muestra la ubicación de la isla Diego García / BBC

A comienzos del siglo XX, Panamá todavía no era la nación que conocemos. Era el Departamento del Istmo de Colombia. Su ubicación entre dos océanos ya atraía a las grandes potencias desde el siglo XIX. Quien controlara el paso entre el Atlántico y el Pacífico obtendría una ventaja decisiva sobre el comercio mundial y las rutas navales.

En 1903, cuando Panamá buscaba separarse de Colombia, Washington intervino de manera determinante. Buques de guerra bloquearon la costa para impedir que el ejército colombiano sofocara el movimiento separatista. En pocos días, Panamá proclamó su independencia. Poco después firmó un tratado que habilitó la construcción del Canal y también el control estadounidense sobre la zona. Esa decisión reordenó la historia del Istmo y consolidó a Estados Unidos como potencia marítima global mucho antes de la Segunda Guerra Mundial.

El Canal convirtió la geografía en poder. Para Estados Unidos no fue solo eficiencia comercial. Fue una herramienta para mover su flota con rapidez y proyectar influencia sobre rutas vitales. La lección quedó clara: el dominio de puntos estratégicos sigue siendo una base del poder internacional.

En el siglo XXI, la competencia no se limita a ejércitos masivos ni a batallas abiertas. También se decide en lugares pequeños, remotos y aparentemente irrelevantes. Uno de esos lugares es el atolón de Diego García, en el centro del océano Índico. Es una franja de coral y palmeras de poco más de 40 kilómetros cuadrados. No tiene turismo ni industria. Tampoco cuenta con una población numerosa que lo vuelva visible en el debate público.

Su valor real es militar y geopolítico. Desde la década de 1970 alberga una base conjunta del Reino Unido y Estados Unidos. Su posición permite que bombarderos de largo alcance alcancen el mar Rojo, el Golfo Pérsico y el estrecho de Malaca. Sirve además como apoyo para submarinos nucleares y para capacidades de vigilancia y seguimiento. En términos simples, está ubicado junto a rutas por donde circula parte del petróleo que va del Golfo hacia Asia y parte del flujo de mercancías que viaja de Asia hacia Europa. Controlar ese punto equivale a vigilar un corredor central del comercio mundial.

Por esa razón, China empezó a mirar la zona con atención. Durante años su estrategia no fue militar, sino económica. Pekín fortaleció su relación con Mauricio, el país africano que reclama soberanía sobre el archipiélago de Chagos, donde se encuentra Diego García. La relación creció con paciencia. En 2019, Mauricio firmó un tratado de libre comercio con China, el primero de un país africano con Pekín. En dos décadas, China concedió préstamos y financiamiento por más de mil millones de dólares, una cifra enorme para un país de cerca de 1.3 millones de habitantes.

La lógica china es coherente. La competencia global puede ganarse sin disparar un tiro. Se gana con infraestructura, comercio, deuda y alianzas políticas que producen dependencia. Es una estrategia lenta, pero efectiva. Ya lo habían ensayado en Panamá con la aristocracia comercial que negocia a puerta cerrada, con intereses en minería, puertos y tecnologías que terminan reforzando el control sobre la ciudadanía.

Diego García aparece al final de esa cadena. Si quien controla el archipiélago queda bajo una influencia china determinante, el equilibrio estratégico del Índico puede cambiar. Y con ese cambio se reordenan rutas comerciales y capacidades militares.

El problema es que la historia del atolón tiene una mancha que muchos prefieren ignorar. Cuando el Reino Unido y Estados Unidos decidieron instalar la base en los años sesenta, las islas tenían habitantes. Entre 1968 y 1973, unos dos mil chagosianos fueron expulsados y enviados a Mauricio y Seychelles. Sus comunidades fueron desmanteladas y sus perros sacrificados. En su lugar se levantó una instalación que luego fue clave para operaciones militares. Desde Diego García despegaron bombarderos en la Guerra del Golfo y durante la invasión de Irak en 2003. Hoy sigue siendo una plataforma estratégica de primer orden.

La disputa legal continuó por décadas. En 2019, la Corte Internacional de Justicia concluyó que el control británico era ilegal y recomendó transferir la soberanía a Mauricio. Más tarde, Londres aceptó negociar una fórmula que mantuviera la base mediante un arrendamiento de largo plazo. Lo que parecía una salida diplomática se convirtió en un nuevo foco de tensión. El mundo ya no es el de hace veinte años. Las potencias vuelven a competir por cada punto del mapa que pueda inclinar la balanza. En ese tablero, Diego García se ha convertido en uno de los lugares más vigilados del planeta.

La importancia de Diego García no puede entenderse sin observar el panorama geopolítico más amplio. Durante años, China construyó una red de relaciones económicas y logísticas que conectan Asia, África y Europa. Esa estrategia, conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, buscaba crear una vasta red de infraestructura que consolidara la influencia de Pekín.

Replicando esquemas vistos en puertos como Balboa y Cristóbal en Panamá, instalaciones financiadas por empresas estatales chinas aparecieron en Sri Lanka, Pakistán y África oriental. Ferrocarriles conectaron regiones interiores con rutas marítimas. Oleoductos y acuerdos energéticos unieron economías que antes tenían pocos vínculos. Más de ciento cincuenta países firmaron acuerdos relacionados con ese proyecto.

La idea detrás de esta estrategia era simple: si China lograba tejer una red global de comercio e infraestructura, su influencia crecería sin necesidad de confrontación militar directa.

Durante un tiempo, esa apuesta pareció funcionar. Pekín también fortaleció su relación con Irán mediante un acuerdo de cooperación a veinticinco años que incluía energía, infraestructura y seguridad. Irán ocupaba un lugar importante dentro de varias rutas comerciales que conectaban Asia Central con el Golfo Pérsico.

Pero la estabilidad sobre la cual descansaban muchos de esos proyectos comenzó a tambalear. Cambios políticos en Venezuela destruyeron acuerdos petroleros que habían implicado inversiones chinas por decenas de miles de millones de dólares. Conflictos en Medio Oriente alteraron el equilibrio regional que China había tratado de construir.

Ese contexto hizo más evidente un problema fundamental: las inversiones y la infraestructura pueden generar influencia, pero no garantizan estabilidad política. Un puerto o un oleoducto pueden construirse en pocos años, pero protegerlos frente a crisis o cambios de gobierno es mucho más difícil.

Al mismo tiempo, en Washington comenzó a consolidarse una estrategia diferente. Estados Unidos volvió a concentrarse en el mapa físico del planeta. No solo en alianzas o tratados comerciales, sino en puntos geográficos específicos que permiten proyectar poder.

En esa lógica, Diego García adquiere una importancia especial. Desde ese pequeño atolón pueden vigilarse las rutas marítimas que conectan el Golfo Pérsico con Asia y Europa. También permite operaciones militares hacia África oriental, Medio Oriente y el sudeste asiático.

Para muchos estrategas occidentales, el temor no es que China intente ocupar el atolón con soldados. El escenario más probable es mucho más sutil: redes de telecomunicaciones, acuerdos económicos, cooperación tecnológica o influencia política que otorguen acceso estratégico indirecto.

Ese tipo de presencia puede ser casi tan efectiva como una base militar formal. Sistemas de comunicación, infraestructura digital o acuerdos de seguridad pueden proporcionar información e influencia sin necesidad de desplegar tropas.

El debate dentro de los gobiernos occidentales se ha intensificado. Algunos analistas creen que entregar la soberanía del archipiélago a Mauricio, aun con un arrendamiento militar, podría abrir la puerta a presiones geopolíticas futuras. Otros argumentan que mantener el control colonial sería moralmente indefendible.

Mientras tanto, otro actor observa cuidadosamente la situación: India. Para Nueva Delhi, el océano Índico es su espacio natural de influencia. Durante años ha visto con preocupación cómo China expandía su presencia en islas y puertos de la región.

India intenta ofrecer a los países del Índico una alternativa basada en cooperación económica y desarrollo. Sin embargo, su apoyo a la soberanía de Mauricio no necesariamente coincide con los intereses estratégicos de Estados Unidos o del Reino Unido.

El resultado es un escenario complejo en el que aliados formales pueden tener prioridades distintas.

Un viejo chiste naval ilustra bien el dilema. Un grupo de portaaviones estadounidense navega en medio de la niebla y observa una luz frente a ellos. El oficial ordena al otro barco cambiar de rumbo para evitar la colisión. La respuesta llega tranquila: cambien ustedes de rumbo. El comandante insiste y recuerda que su nave es una de las más poderosas del mundo. La respuesta final es simple: soy un faro. Ustedes deciden.

La lección es clara. Los barcos se mueven. La geografía no.

Durante décadas, Estados Unidos fue la única superpotencia global y muchas de esas realidades parecían permanentes. Hoy, el escenario vuelve a parecerse más al de los grandes juegos estratégicos del pasado.

Pequeñas islas, puertos remotos y estrechos marítimos están recuperando una importancia que muchos habían olvidado.

Diego García es uno de esos puntos diminutos que casi nadie podría ubicar en un mapa. Pero en la nueva competencia entre Washington y Pekín puede terminar siendo una pieza decisiva.

Porque, en política internacional, como ya demostró el Canal de Panamá hace más de un siglo, los lugares aparentemente pequeños pueden cambiar el equilibrio del mundo entero.

El autor es médico sub especialista.


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