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Cuando la mente también vacuna: el efecto placebo

Durante décadas, el efecto placebo fue tratado con desconfianza por la secta del “tarot científico”. Se lo consideraba un residuo psicológico, una ilusión sin peso real frente al rigor de la farmacología y su industria trillonaria. Hoy, la ciencia empieza a ofrecerle un camino inesperado. Un estudio publicado el 19 de enero de 2026 en Nature Medicine aporta evidencia experimental de que las expectativas positivas no solo modifican la percepción del paciente, sino que pueden amplificar la respuesta inmunológica frente a una vacuna. La conclusión es tan provocadora como prudente: el cerebro no sería un espectador pasivo del sistema inmune, sino un actor con capacidad reguladora.

La investigación fue dirigida por Nitzan Lubianiker y Tamar Koren, neurocientíficos de la Universidad de Tel Aviv. Su enfoque se centró en la red mesolímbica, una región cerebral vinculada a los circuitos de recompensa y que, en modelos animales, ya había mostrado conexiones con la inmunidad. Para explorar ese vínculo en humanos reclutaron a 85 voluntarios y los sometieron a un entrenamiento cerebral avanzado mediante técnicas de neurofeedback. Cada participante observaba en tiempo real representaciones simples de su actividad neuronal, como gráficos en movimiento o cifras que cambiaban. A partir de allí, debía ensayar estrategias mentales —desde evocar un recuerdo hasta imaginar un viaje— con el objetivo de dirigir la activación hacia distintas zonas del cerebro.

Con el paso de las sesiones, los voluntarios aprendieron por ensayo y error qué imágenes internas producían efectos medibles. Luego fueron divididos en tres grupos: uno se entrenó para activar el sistema de recompensa; otro apuntó a una red cerebral sin relación conocida con la inmunidad; el tercero no recibió consignas específicas. Tras cuatro sesiones, todos recibieron una vacuna contra la hepatitis B, utilizada como desafío estándar para el sistema inmune. Los análisis de sangre previos y posteriores mostraron un dato central: la activación de una región concreta —el área tegmental ventral— se correlacionó de manera positiva con los niveles de anticuerpos inducidos por la vacuna. Tras descartar explicaciones alternativas, los autores proponen que se trata de la primera evidencia directa en humanos de un circuito regulador entre cerebro e inmunidad.

El hallazgo no se agota en la biología. Para entender qué tipo de procesos psicológicos estaban en juego, los investigadores clasificaron las estrategias mentales de los participantes. Allí apareció una distinción clave: la activación sostenida del área tegmental ventral se asoció con expectativas positivas, pensamientos orientados al futuro y cargados de esperanza. Esa relación se fortalecía a medida que avanzaba el entrenamiento. En cambio, emociones agradables más generales, como el placer o el afecto, no mostraron el mismo efecto. No se trataba simplemente de sentirse bien, sino de anticipar un resultado favorable.

Las implicancias son amplias. Si la mente puede modular la respuesta inmunológica, se abre la puerta a intervenciones no invasivas que acompañen a los tratamientos clásicos. Los propios autores mencionan posibles aplicaciones en inmunoterapia oncológica o en enfermedades inflamatorias crónicas. También se refuerza la comprensión del mecanismo biológico del placebo, un fenómeno largamente observado en la clínica, pero pocas veces explicado con precisión. Durante años se supo que la expectativa de mejora podía aliviar síntomas. Ahora se empieza a delinear cómo esa expectativa activa circuitos cerebrales concretos que influyen, aguas abajo, en el sistema inmune.

Conviene no caer en entusiasmos desmedidos. El estudio es controlado y elegante, pero limitado en tamaño. Harán falta ensayos más extensos y en contextos clínicos reales para medir hasta dónde llega este efecto y cómo podría integrarse, de forma ética y efectiva, en la práctica médica. Sin embargo, el mensaje de fondo es potente: la frontera entre lo psicológico y lo fisiológico resulta cada vez más porosa. Lejos de ser un truco de magia, el placebo empieza a adquirir estatuto de herramienta clínica potencial, apoyada en circuitos neuronales identificables y en respuestas inmunes cuantificables.

En tiempos en los que la medicina se vuelve cada vez más tecnológica, este tipo de trabajos recuerda algo elemental: el cuerpo no es una suma de órganos aislados y la mente no flota en un plano abstracto. Entre neuronas, expectativas y anticuerpos existe un diálogo constante que recién comenzamos a descifrar. Tal vez allí se esconda una de las fronteras más prometedoras de la medicina del futuro.

El autor es médico sub especialista.


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