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Cuando las democracias fracasan

En los estudios que ha hecho Ray Dalio sobre cómo han cambiado los órdenes políticos a lo largo de la historia, ha observado un patrón recurrente: el paso de las democracias representativas a las autocracias. Este fenómeno ha ocurrido una y otra vez, desde Julio César en la Antigua Roma (49-44 a.C.) hasta Napoleón Bonaparte en Francia (1799-1815), pasando por Mussolini en Italia (1922-1943), Hitler en Alemania (1933-1945), Franco en España (1936-1975) y, más recientemente, Recep Tayyip Erdogan en Turquía (2016-presente). Incluso Platón, en su República (hacia el 375 a.C.), describió con precisión cómo las democracias degeneran en autocracias.

Casi siempre, el declive de una democracia comienza con grandes desigualdades económicas, polarización ideológica, liderazgos débiles y fragmentados, y el empeoramiento de las condiciones sociales como está ocurriendo en Panamá. Las democracias dependen del compromiso entre facciones opuestas, pero cuando ese compromiso se rompe, los bandos prefieren la lucha antes que el diálogo. Surgen entonces conflictos populistas entre la ultraderecha, la izquierda radical y un centro democrático debilitado, especialmente en épocas de crisis económica.

Platón ya advirtió que los líderes democráticos tienden a prometer soluciones rápidas y beneficios inmediatos, en lugar de enfrentar problemas estructurales. Con el tiempo, esta dinámica genera corrupción, decadencia institucional y pérdida de legitimidad ante el pueblo, lo que puede conducir al colapso del sistema. Ojalá esto no ocurra durante la reestructuración de la abultada deuda privada y pública panameña, ya que podría socavar la adecuada recaudación de impuestos. En China, desde el 1046 a. C., este fenómeno se conoce como “perder el mandato del cielo”. Cuando el orden se quiebra, el poder financiero, político y militar prevalece sobre las leyes, y el autoritarismo se impone sobre un colectivismo desorganizado.

Platón llamó demagogo al líder que capitaliza el descontento para derribar la democracia. Estos personajes manipulan el sentimiento popular, prometen soluciones fáciles a problemas complejos y usan la propaganda, la coerción y la concentración de poder para anular a sus rivales. Pueden venir de la derecha (apoyados por élites económicas que buscan “mano dura”) o de la izquierda (respaldados por las masas populares desfavorecidas), pero su objetivo es el mismo: debilitar las instituciones democráticas y establecer un gobierno autoritario.

Este proceso no es muy distinto al de un director general (CEO) poderoso que transforma una empresa: se impone un liderazgo fuerte, se eliminan controles y se busca el cambio radical. La diferencia crucial es que, en política, sin contrapesos efectivos (como la separación de poderes o una prensa libre), el líder se vuelve cada vez más autocrático. Como dijo Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Este ciclo no solo ocurre dentro de los países, sino también entre ellos. Históricamente, ha habido oscilaciones entre períodos de orden (paz, cooperación) y desorden (guerras, conflictos). El multilateralismo —la búsqueda de armonía global— solo ha funcionado tras grandes guerras, cuando las naciones estaban exhaustas y un poder dominante imponía las reglas. Pero hoy, ese orden se está desvaneciendo.

El unilateralismo avanza: las potencias actúan por interés propio, los débiles son devorados por los fuertes y las leyes internacionales pierden relevancia. Ejemplos recientes, como las políticas de Donald Trump o la invasión rusa a Ucrania, muestran que la cooperación global se erosiona rápidamente. Las alianzas cambian según las circunstancias, y la lealtad es menos importante que la victoria.

A lo largo de los siglos, las civilizaciones avanzadas han caído cuando se volvieron demasiado decadentes y débiles frente a fuerzas más brutales. Hoy, ese conflicto ya no es solo militar: también se libra en la economía, la tecnología y la política. El avance de la inteligencia artificial, por ejemplo, puede mejorar nuestras vidas o ser usado como arma de dominación.

Pero el factor más determinante sigue siendo cómo nos tratamos los unos a los otros. Si elegimos la cooperación sobre el conflicto, podremos superar los desafíos. Sin embargo, la naturaleza humana no ha cambiado mucho, y la historia sugiere que, una y otra vez, el autoritarismo surge cuando la democracia falla. ¿Les recuerda alguien que prometió más chen chen y de repente lo único que hay es autoritarismo a paso firme?

Estamos en una etapa crítica del ciclo histórico panameño. La democracia no es invencible: requiere instituciones sólidas, líderes responsables y ciudadanos vigilantes. Si no aprendemos del pasado, repetiremos sus errores. Y, como advirtió Platón, cuando la democracia se convierte en caos, siempre aparece alguien dispuesto a imponer orden… a cualquier costo.

El autor es médico sub especialista.


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