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Cuando lo impensable deja de ser imposible: el bravucón del patio

Cuando lo impensable deja de ser imposible: el bravucón del patio
Trump amenazó con tomar Cuba por la fuerza y aseguró que el régimen está en sus últimas horas. / Getty Images

En casi todas las escuelas había uno: el que intimidaba, provocaba y se asumía como líder indiscutible. Su poder no descansaba en la razón, sino en la ausencia de resistencia. Mientras nadie lo enfrentara, su dominio parecía incuestionable. Pero bastaba con que alguien respondiera para que cambiara el tono, midiera el riesgo y buscara respaldo. El bravucón de siempre.

Ese patrón, lejos de ser anecdótico, encuentra hoy una expresión inquietante en la conducta política de Donald Trump. No se trata de episodios aislados, sino de un método consistente: distorsión de la realidad, presión sostenida y construcción de narrativas como instrumentos de avance. Lo que en el ámbito privado podía interpretarse como agresividad negociadora, en el ejercicio del poder público adquiere una dimensión distinta. El problema no es de estilo, sino de consecuencias. Cuando ese comportamiento se traslada a la conducción del Estado, deja de ser un rasgo personal y se convierte en un factor de riesgo estructural. En política interna, erosiona instituciones, tensiona normas y degrada el debate. En política exterior, donde los equilibrios son más frágiles y los errores más costosos, introduce una lógica de confrontación sin anclajes claros.

El cálculo frente a Irán ilustra esa dinámica con precisión. Apostar a que la presión bastaría para doblegar rápidamente la resistencia y haber subestimado el impacto sistémico de una crisis en el flujo de hidrocarburos revela un diagnóstico defectuoso. El estrecho de Ormuz no es un punto marginal: por allí transita una porción crítica del petróleo que sostiene la economía global. Alterar su estabilidad no es un gesto táctico; es una decisión con efectos en cadena. Cuando ese equilibrio se compromete, las consecuencias emergen con rapidez: volatilidad energética, presiones inflacionarias y tensiones económicas que trascienden a los actores directamente involucrados. Y es entonces cuando la lógica del bravucón se expone sin matices. Frente a un escenario más complejo de lo previsto, la reacción no es la rectificación estratégica, sino la búsqueda de respaldo externo para contener un problema que él mismo contribuyó a escalar.

No se trata de retórica. Se trata de método. Cuando la exageración sustituye a la evidencia, cuando la presión desplaza a la diplomacia y cuando la imprevisibilidad se convierte en herramienta deliberada, lo que se debilita no es solo la credibilidad de un gobierno, sino los propios mecanismos de contención internacional. Alguna vez me referí a la huida hacia adelante: avanzar cuando se pierde control, escalar cuando faltan salidas. Aplicada al poder presidencial, esa lógica deja de ser una anomalía y se convierte en una amenaza. Porque en ese nivel, los límites no se respetan: se tensan, se prueban y, llegado el momento, se cruzan.

Durante décadas, el sistema internacional ha descansado sobre ciertos tabúes no escritos. Entre ellos, uno esencial: la no utilización de armas nucleares. Pero los tabúes no son normas autoejecutables; dependen de la racionalidad y la contención de quienes detentan el poder. Cuando esa racionalidad cede ante el impulso, el cálculo político inmediato o la necesidad de reafirmación, el riesgo deja de ser teórico. Lo impensable deja de ser imposible.

Y, en este punto, el problema ya no es el bravucón. Es el costo que todos terminan pagando por haberlo subestimado o aplaudido.

El autor es abogado.


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