Exclusivo

Cuando los ángeles lloran

Cuando los ángeles lloran
Lluvias en ciudad de Panamá. LP Alexander Arosemena

La magia. Cada gota que no se registra es una lágrima derramada. Vivir entre dos océanos que se miran sin tocarse, en una franja de tierra tan estrecha que el viento de un hemisferio alcanza al otro en pocos kilómetros, y donde el agua dulce, aunque abundante, no siempre basta, es una contradicción que desconcierta a la lógica más elemental. El istmo recibe el sol con generosidad y la lluvia con insistencia. En su ciclo natural, las nubes se forman, se cargan y descargan sobre nuestras cordilleras, y así también los ríos nacen por doquier, cortando el territorio como venas que prometen abundancia. Por esto la magia, traducida a promedio, habla de la fuerza del fenómeno: 2,500 a 2,900 milímetros de lluvia al año, situando al país de las maravillas entre los más lluviosos del mundo; una media de 3,000 milímetros al año en la vertiente Caribe y 1,500 milímetros al año en la vertiente Pacífico. En esta última es donde reside el 83% de la población, una especie de subsidio cruzado. Y, sin embargo, para María y Juanita, oriundas de la principal cuenca del país, el agua les falta no por escasez, sino porque no les llega a tiempo, ni al lugar donde la necesitan o con una frecuencia digna, dejando establecido que el problema no es solo hidrológico: en esencia, es de corte político e institucional.

En la tierra donde los ángeles lloran, el agua cae donde menos gente hay y la demanda está donde menos llueve. El llanto, vuelto censo, dice que más del 30% de la población no recibe agua continua, más del 30% no recibe agua 24/7 y menos del 10%, cerca de medio millón de personas, no tiene acceso a agua potable segura. Así, en el país de los 552 —esto es, 500 ríos y 52 cuencas hidrográficas—, el agua se pierde antes de llegar a la gente, una suerte de pobreza hídrica social que nos indica que el desafío no es solo captarla, sino no perderla, para que entre el 38% y 40% del agua potable que se pierde por fugas y conexiones ilegales o se subregistra junto al agua producida en el área metropolitana, no llegue solo el 40% del total al usuario final.

Es válido que como país podamos pelear por una causa tan hermosa que nos comprometa a vivir para hacerla realidad. En un mundo donde la naturaleza gime y llora como con dolores de parto, buscando su redención definitiva, Chico Mendes se había convertido, a finales de los años ochenta, en un símbolo internacional del ambientalismo, al confrontar intereses que presionaban la Amazonía, una de las mayores reservas de agua del planeta. Su asesinato marcó un punto de inflexión en la conciencia ambiental global y una crítica al paradigma de crecimiento ilimitado que le pasa por encima a la naturaleza. Así que, cuando en Panamá se escucha el llanto de un ángel, no es falta de lluvia ni ausencia de Mendes; es por sistemas rotos que mal gobiernan este recurso clave que le otorga estatus de privilegiado a un país donde héroes con elevado sentido de urgencia son abiertamente requeridos. Los llamo reformadores del siglo XXI.

Por esto, en transformar el sector agua y saneamiento, Panamá no llega tarde, pero tampoco llega temprano. Si iniciamos ahora nuestra primera reforma de agua real, veremos resultados políticos en 2 años, sectoriales entre 5 y 7 años y seguridad hídrica en una generación. Chile logró este salto durante la década de 1990, empezando con regulación y subsidios bien diseñados antes de expandir infraestructura; Singapur necesitó más de 40 años de continuidad, pero sus primeros grandes efectos se dieron en menos de 10 años, porque comenzó por el núcleo institucional, que en nuestro caso propone un primer gran desafío. Entonces debemos preguntarnos: ¿cuál es el costo de oportunidad que exhibe hoy nuestro país? Estamos en una ventana crítica que no durará para siempre y es clave no dejarla cerrar. Estrés hídrico fluctuante que impacta la economía y la vida de nuestra gente. Así como dijo Ilya Prigogine, premio Nobel de Química 1977, en materia de planificación hídrica debemos planificar para lo incierto, porque no puede haber un Canal sostenible en un país insostenible y viceversa. Por esto, por efecto sinérgico, cualquier potencial crisis del Canal siempre se traducirá indefectiblemente en una crisis nacional, porque el agua dejó de ser solo un tema técnico para volverse un asunto de seguridad de Estado y soberanía hídrica, sin la cual tendríamos una economía en sed. Viendo el sentido de oportunidad, este tipo de crisis ha sido el disparador histórico de las reformas exitosas de Singapur, Chile y Países Bajos.

Como Maná en 1995, cuando los ángeles lloran, en el Panamá de los 552 no lo hacen por la lluvia que cae, sino por la que se pierde. Lloran por los ríos que nacen libres y llegan exhaustos por mal uso, por el agua que fue dada como don y gestionada como si no tuviera límites, y donde la abundancia se administra con descuido. Lloran, no porque el cielo haya fallado, sino porque los panameños hemos mal gestionado lo que bien nos fue confiado.

El autor es coordinador de la memoria histórica del Canal de Panamá.


LAS MÁS LEÍDAS

  • Panamá desplaza a Costa Rica y está entre los países con mejor calidad del aire. Leer más
  • Registro del Cepanim inicia este mes y los pagos serán desde julio de 2026. Leer más
  • Mides detecta más de 8 mil beneficiarios con autos, taxis y buses en programas sociales. Leer más
  • El Estado pagó medio millón para el Clásico, pero la Fedebeis se quedó con el premio. Leer más
  • Metro de Panamá contratará a Alstom por $4.3 millones para el mantenimiento de la Línea 2. Leer más
  • Alcaldía aclara que las nuevas placas irán directo a las agencias de autos. Leer más
  • El gasoducto del Canal de Panamá: La decisión correcta es la menos riesgosa. Leer más