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Cuando los niños juegan de verdad

Cuando los niños juegan de verdad
FOTO: ALEXANDER AROSEMENA

La semana pasada miraba a mis hijos jugar en la calle sin salida de nuestra casa. Clara y Valerie jugaban voleibol; Enzo e Ignacio montaban bicicleta. Luego, los cuatro decidieron jugar juntos a un restaurante, uno inventado, con menú improvisado, y los adultos que observábamos de lejos éramos los clientes. No había pantallas, no había horarios, no había un adulto organizando la actividad. Solo ellos cuatro, el aire libre y esa magia silenciosa que solo ocurre cuando los niños juegan de verdad.

Me senté a observarlos y reflexioné con David, mi esposo: ¿cuántos niños en Panamá tienen hoy esa oportunidad?

La respuesta me inquietó.

Vivimos en una época en la que el juego libre al aire libre se ha vuelto casi un lujo. Las tardes están ocupadas con tareas, clases extracurriculares, pantallas y agendas apretadas. Los espacios verdes seguros escasean. El miedo —muchas veces justificado— nos lleva a preferir a nuestros hijos adentro, bajo supervisión, “protegidos”. Y, sin darnos cuenta, les estamos quitando algo tan esencial para su desarrollo como las vitaminas o el sueño.

Porque el juego no es un premio que se da cuando se terminan las tareas. El juego es el trabajo de la infancia.

La evidencia científica es clarísima. Los niños que juegan libremente desarrollan mejor su capacidad para resolver problemas, negociar, tolerar la frustración y regular sus emociones. Cuando un niño inventa las reglas de un juego, está aprendiendo a liderar. Cuando se cae y se levanta, está construyendo resiliencia. Cuando juega con otros sin que un adulto medie en cada conflicto, está aprendiendo a convivir.

En el consultorio lo veo con frecuencia: niños con ansiedad elevada, déficit de vitaminas, dislipidemia, poca tolerancia a la frustración y dificultad para relacionarse con sus pares. Y cuando pregunto sobre su rutina diaria, el patrón se repite: pocas horas de juego no estructurado, muchas horas de pantalla y una agenda que haría suspirar a cualquier ejecutivo.

No estoy señalando a los padres. Estoy señalando al sistema. A una cultura que valora la productividad desde la infancia, que confunde estar ocupado con ser exitoso y que ha olvidado que un niño que juega es un niño que aprende, crece y sana.

¿Qué podemos hacer? Empezar en casa, con pequeños gestos. Una tarde libre sin pantallas ni actividades organizadas. Un sábado en el parque sin plan. Dejarlos aburrirse —sí, el aburrimiento es el primer paso hacia la creatividad—. Resistir la tentación de llenar cada espacio vacío con estímulos. Y, como sociedad, exigir más parques seguros, recreos más largos y espacios donde la infancia pueda explorar.

Clara e Ignacio llegaron a casa esa tarde llenos de tierra, con las rodillas raspadas y riendo a carcajadas. Cenaron con hambre, durmieron profundamente y, al día siguiente, me preguntaron si podíamos volver a jugar al aire libre.

Eso, señores, es salud. Y eso es exactamente lo que nuestros hijos merecen.

La autora es pediatra.


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