Hay algo que viene ocurriendo con Rubén Blades desde Son de Panamá que, a mi juicio, merece escucharse más allá de la música: cuando el cantante, el arreglista, los músicos, el sonidista, el que mezcla, el que masteriza y buena parte del equipo de producción son panameños, ocurre una especie de magia. No es que el estilo de Rubén cambie. Es que, de pronto, cierras los ojos y empieza a sonar a Panamá. Como cuando uno reconoce a un familiar por la forma de caminar antes de verle la cara.
Eso vuelve a ocurrir con País Portátil.
El título, además, no viene precisamente con instrucciones de uso. Un país portátil es aquel que puede cargarse, trasladarse, negociarse o entregarse. Pero también puede ser aquel que sus propios ciudadanos dejan de sentir como suyo mientras miran para otro lado. En Rubén, la política nunca ha sido un discurso pegado encima de la música. Está metida en la canción como el sofrito en el guacho: uno puede no verlo, pero si falta, se nota.
A los 78 años, y después de haber recorrido medio planeta, Rubén parece haber llegado a una conclusión más sencilla. Ya no necesita explicarle América Latina a todo el mundo. Ahora puede sentarse en la esquina y decirle a los muchachos: escuchen a su madre, piensen en sus familias y no permitan que la calle decida por ustedes. Y lo dice Rubén. No el profesor. No el político. Rubén.
País Portátil recupera “País Portátil” y “Segunda Mitad del Noveno”, dos composiciones que ya habían aparecido en Cantares del Subdesarrollo, pero que ahora reciben el tratamiento de Roberto Delgado & Orquesta. Aquello que en 2009 tenía una textura más íntima vuelve con metales, percusión y una dimensión orquestal que convierte la conversación personal en una declaración colectiva.
Roberto Delgado no está simplemente acompañando a Rubén. Está ayudando a construir una sonoridad que lleva tiempo existiendo en Panamá y que, por alguna razón, nunca había tenido el escaparate internacional que ahora tiene.
Antes de los Combos Nacionales ya existía una intensa vida musical en Panamá: grandes orquestas, cantantes, agrupaciones de Colón, Bocas del Toro y la ciudad, además de toda esa mezcla afroantillana, caribeña y latinoamericana que llegaba por nuestros puertos y terminaba haciendo escala permanente en los barrios.
Luego llegaron los Combos y agarraron todo aquello —calipso, jazz, soul, rock, tamborera, música cubana y puertorriqueña— y lo metieron en una licuadora.
El resultado fue un sonido propio.
El problema, como nos ha pasado más de una vez, es que los panameños hacemos cosas extraordinarias y después se nos olvida ponerles el letrero. Si no, pregúntenle al reguetón.
La Kshamba, Sociedad Anónima, Orquesta Yaré, La Thali, Arena Blanca y muchas otras agrupaciones mantuvieron vivo ese sello. No se trata de tocar salsa “a la panameña” como quien le pone una bandera a una canción. Se trata de algo más difícil de explicar y más fácil de reconocer. El acento.
Uno puede hablar el mismo idioma que todo el continente, pero basta escuchar dos frases para saber de dónde viene la persona. Con País Portátil ocurre algo parecido.
El disco también mira hacia atrás. “La Negra Soledad” y “Pregunta, Escucha y Aprende” dialogan con aquella sonoridad de Fania y reconocen la época de Willie Colón. No son una copia; son una conversación con una generación que ayudó a construir el lenguaje de la salsa urbana.
El tema “Doña Chana” vuelve a mirar hacia Cheo Feliciano y hacia esa tradición de contar historias de barrio donde una mujer, una pérdida o una esquina pueden terminar convirtiéndose en memoria colectiva.
País Portátil no pretende inventar una salsa panameña. Más bien demuestra que no hacía falta inventarla. Ya estaba allí, sonando desde mucho antes, pasando de generación en generación, sobreviviendo a modas y a olvidos. La diferencia es que esta vez tiene un vehículo difícil de ignorar.
Y coño, casi se me queda Medoro Madera por fuera. Un abrazo, Medoro, porque cuando te juntas con Rubén en esos dúos, la salsa se pone a conversar solita.
El autor es abogado y analista jurídico-social.

