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Cuando una nación vuelve a encontrarse

Cuando una nación vuelve a encontrarse
Banderas de Panamá ondean en varios puntos de la capital. LP/Elysée Fernández

Hay momentos en la historia de un país que trascienden los acontecimientos y terminan definiendo a generaciones enteras. Son esos instantes en los que las diferencias pierden importancia porque existe un propósito superior capaz de convocar a todos bajo una misma bandera.

Panamá conoció uno de esos momentos durante la lucha por la soberanía. Jóvenes y adultos, estudiantes y trabajadores, ciudadanos de distintas condiciones sociales e ideologías comprendieron que existía una causa común que iba más allá de cualquier interés particular. No era la lucha de un grupo; era la lucha de una nación. Aquella unidad permitió alcanzar un objetivo que durante mucho tiempo pareció inalcanzable y dejó una huella imborrable en nuestra identidad.

Después de aquella conquista histórica, la pequeña franja de tierra entre dos océanos pareció quedar huérfana de una causa que volviera a reunir a sus ciudadanos con la misma intensidad. Durante décadas, las diferencias políticas, económicas y sociales ocuparon el lugar de aquello que antes había servido para unirnos.

Sin embargo, la historia tiene la costumbre de repetirse, aunque nunca de la misma manera.

Hoy comienza a percibirse, de forma espontánea, el surgimiento de un nuevo sentimiento colectivo. Ya no se trata de retirar una bandera extranjera ni de derribar una cerca que dividía lo que nunca debió separarse. El desafío de esta generación parece ser otro: preservar las entrañas del territorio que heredarán quienes todavía no tienen voz.

El desarrollo económico siempre será una aspiración legítima de cualquier nación. Pero también lo es preguntarse cuál será el costo de ese desarrollo y quiénes serán los verdaderos beneficiarios cuando el paisaje haya cambiado para siempre. La riqueza puede medirse en cifras, pero también en ríos que continúan fluyendo, en bosques que siguen en pie y en montañas que permanecen como testigos silenciosos de nuestra historia. Cuando los recursos se agotan, el capital encuentra nuevos destinos; las cicatrices, en cambio, permanecen donde fueron abiertas.

Toda generación enfrenta una decisión que definirá la forma en que será recordada. Algunas defendieron la soberanía política; quizá a esta le corresponda defender el patrimonio natural, entendiendo que ambos forman parte de una misma idea de país.

Pero aún falta el acontecimiento que termine de transformar esa conciencia dispersa en una causa generacional. No me refiero a la aparición de un líder carismático ni a un discurso capaz de movilizar multitudes. Me refiero al catalizador que suele aparecer cuando una decisión, respaldada por argumentos económicos y presentada como inevitable en nombre del progreso, cruza una línea que una parte importante de la sociedad considera imposible de aceptar.

La historia demuestra que las grandes luchas nacionales pocas veces nacen de la tranquilidad. Surgen cuando una decisión marca un punto de no retorno y obliga a los ciudadanos a preguntarse qué están realmente dispuestos a defender. Es en ese instante cuando las diferencias ideológicas, sociales y económicas vuelven a perder relevancia frente a un objetivo superior, como ya ocurrió en otro capítulo decisivo de nuestra historia.

Quizá, dentro de algunos años, los libros no recuerden este período por la decisión que dio origen al conflicto, sino por la respuesta de una ciudadanía que volvió a reconocerse como una sola nación. Porque, al final, las generaciones no son recordadas por los desafíos que enfrentaron, sino por la forma en que decidieron responder a ellos.

La historia se está escribiendo ante nuestros ojos. Solo el tiempo dirá cuál será la decisión que encienda definitivamente esa conciencia colectiva y quiénes ocuparán el lugar que la memoria nacional reserva para quienes, sin proponérselo, terminan cambiando el rumbo de un país.

El autor es estratega en tecnología, innovación y transformación digital.


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