El viejo refrán popular encierra una advertencia que atraviesa generaciones: cuando un peligro alcanza a otro, no es momento de burla ni de indiferencia, sino de reflexión y prevención. En el escenario geopolítico actual, la tensión creciente entre Estados Unidos y Venezuela, con la sombra latente de una posible acción militar, debería encender alarmas en otros países de la región. Panamá, por su historia, su ubicación estratégica y la importancia del Canal, no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. Las recientes declaraciones y amenazas del presidente Donald Trump, tanto sobre Venezuela como sobre el Canal de Panamá, han reavivado temores y preguntas incómodas: ¿qué tan preparados estamos para escenarios de presión extrema?, ¿qué lecciones debemos extraer cuando el vecino parece arder?
Durante años, la retórica dura de Trump hacia Venezuela alimentó la idea de una acción directa para capturar a Nicolás Maduro. Más allá de los hechos verificables, esa narrativa —repetida en discursos y redes— instaló en la región la percepción de que Washington estaba dispuesto a cruzar líneas si consideraba que sus intereses estratégicos lo exigían. El solo planteamiento de una intervención, incluso como amenaza, tuvo efectos reales: tensó alianzas, polarizó a los gobiernos y recordó que el poder militar sigue siendo una herramienta vigente en el arsenal estadounidense. Para países pequeños y estratégicos como Panamá, la moraleja no es ideológica, sino pragmática: cuando se normaliza el lenguaje de la fuerza, nadie está completamente a salvo de la presión.
Panamá conoce de primera mano lo que significa ser un punto neurálgico para Estados Unidos. El Canal, arteria del comercio global, ha sido históricamente un símbolo de soberanía recuperada y, al mismo tiempo, un recordatorio de la asimetría entre ambos países. Las alusiones de Trump a “recuperar” el Canal, aunque se enmarquen en discursos políticos, exageraciones o malentendidos históricos, despiertan una memoria colectiva sensible. No se trata solo de palabras: son señales que obligan a evaluar escenarios, fortalecer consensos internos y blindar la institucionalidad que garantiza la neutralidad y la administración panameña de la vía interoceánica.
El paralelo con Venezuela, aun cuando se mueva en el terreno de la retórica y los temores, funciona como espejo. Si un país con vastos recursos energéticos y peso regional puede ser objeto de amenazas persistentes, ¿qué queda para una nación pequeña cuya relevancia reside precisamente en su posición estratégica? La respuesta no es el alarmismo, sino la previsión. Poner las barbas a remojar implica diversificar relaciones, reforzar el derecho internacional, cuidar la credibilidad democrática y evitar dependencias que limiten el margen de maniobra.
La relación entre Panamá y Estados Unidos no es de antagonismo; es compleja y, en muchos ámbitos, mutuamente beneficiosa. La cooperación en seguridad, comercio, logística y finanzas ha sido clave para ambos. Basta mirar las monedas en el bolsillo para recordar que el balboa vale lo mismo que el dólar. Pero la madurez de esa relación exige claridad y firmeza cuando se trata de soberanía. Panamá debe hablar con una sola voz, apoyarse en los tratados vigentes y en el consenso nacional que reconoce al Canal como patrimonio inalienable. Al mismo tiempo, debe invertir en diplomacia profesional y comunicación estratégica para desactivar narrativas que confundan o presionen.
El refrán también invita a mirar hacia adentro. La mejor defensa frente a presiones externas es un Estado sólido: instituciones transparentes, economía resiliente y cohesión social. La corrupción, la desigualdad y la improvisación política son combustible para cualquier incendio. Si Panamá descuida estas áreas, se vuelve más vulnerable al chantaje y a la instrumentalización de su importancia estratégica.
En definitiva, no se trata de asumir que el fuego llegará inevitablemente, sino de reconocer que el humo ya se percibe. Las amenazas —reales o retóricas— son recordatorios de que la historia no ha terminado. Panamá haría bien en aprender de los sobresaltos regionales y reforzar su casa común. Porque cuando las barbas del vecino parecen arder, la prudencia no es miedo: es responsabilidad.
El autor es trabajador independiente.

